NEPTUNO

NEPTUNO

 

Poseidón fue uno de los hijos de Saturno, que fue rescatado del vientre de su padre por Zeus.

En el nuevo reparto de poderes del mundo, a Poseidón/Neptuno le correspondió el dominio de los mares y océanos, pero él no estuvo nunca contento porque le fueron negadas las ciudades portuarias, que consideraba parte de sus territorios, y muchos ríos y manantiales. Esto significó innumerables litigios que siempre terminaba perdiendo ante el tribunal de los dioses. Al final quedó relegado a su isla de la Atlántida y a su palacio en el fondo de las aguas, algo que vivió como un desengaño y una especie de destierro, ya que aunque sus aguas alimentaban y daban riqueza a las tierras que las circundaban, él no tendría nunca ningún poder sobre esos mundos sólidos en los que habitaban los humanos.

Su mundo estaba poblado por los seres fantásticos de las profundidades, por monstruos marinos y sirenas, y en sus pequeñas cáscaras de nuez lo paseaban los humanos, que se atrevían a surcar sus abismos y desafiar sus humores.
Casó con la oceánide Anfitrite, pero tuvo muchas amantes a las que seducía o violaba transformado en algún animal de los de su corte, caballos, toros, delfines y tritones.

Teniendo en cuenta que él era un dios colocado por el nuevo orden de los dioses patriarcales, Neptuno tuvo que aliarse con todas las ninfas de las aguas, que reinaban en ellas desde el origen, y someter a la diosa primordial del Mediterráneo, Talasa, que fue madre de los peces y del mar Egeo. Y sobre todo a Thesis, una titánide que se convirtió más adelante en la diosa Tetis, diosa del mar de los orígenes donde nació la vida, que también fue conocida como Metis, la diosa de la sabiduría. Thesis, en otros relatos mitológicos más antiguos, surgió al comienzo del universo y con Océano tuvo a Cronos, el dios del tiempo, a Ananké, la madre de las tres Moiras, a Poros, el principio de las cosas y la oportunidad, a Penia, la pobreza, y a Tecmor, el fin de las cosas. Neptuno tuvo que obedecer a Zeus y tragarse todos estos mitos, convirtiéndose en pura fusión de historias que muchos ya no se creían. Así fue alimentando su decepción, su incomodidad, su rechazo y su huida de la realidad, atrapado en la nueva ley patriarcal y guerrera, construida sobre criterios de dominio, con la que no terminaba de identificarse. Por eso se volvió utopista y poeta y eludió la responsabilidad de su alianza con los feroces jefes, hundido a veces en depresiones infinitas, abandonado en las profundidades del océano, pegado a una pipa de kif, enganchado a un reflejo, rebelde sin causa, se dejó mecer por las olas del cambio y se convirtió en aliado del poder por unos gramos de escapada.

El nuevo arquetipo de Neptuno comenzó a renacer a principios del siglo XX, cuando la inquietud romántica se volvió una pasión destructiva tan poderosa que casi arrasa Europa; cuando renacieron las utopías y volvieron a caer en luchas fratricidas, pero trajeron las jornadas de ocho horas y los derechos laborales; cuando las vanguardias artísticas rompieron los moldes y abrieron las fronteras de la libertad; cuando los buscadores, los científicos y los filósofos se asomaron al nuevo territorio de la psique y traspasaron la  idea de un alma inmortal para descubrir su realidad muy física en el cerebro; cuando C. G. Jung trajo a la consciencia la existencia de otro aspecto del arquetipo neptuniano, el océano del Inconsciente Colectivo. Cuando las mujeres se cansaron de su rol de siervas y esclavas de los señores, de la mentira de su inferioridad, y empezaron a quitarse capas de ropa, a levantar las persianas que las aislaban del mundo y a reclamar los derechos que les habían sido arrebatados por el engaño.

Neptuno anhelaba la unión ideal y perseguía a la Luna en su reflejo, la propia proyección de sí mismo, y la psicología hoy nos descubre que el amor verdadero solo puede nacer cuando unimos las partes separadas de uno mismo, nuestro masculino y femenino interno, el ánimus y el  ánima.

En la mitología de Neptuno hay un relato impresionante que ha dejado una huella profunda en la psique humana. Esta es la historia  del laberinto de Creta y del Minotauro.

La historia nos cuenta que Poseidón regaló a Minos, el rey de Creta, un hermoso toro blanco que debía serle entregado en sacrificio, y que el rey, celoso y arrogante de sus éxitos, no quiso sacrificarlo. Poseidón entonces ideó que Pasifae, la reina, se enamorara del animal. Con la ayuda de Dédalo, el arquitecto de palacio, que le fabricó un artefacto, Pasifae pudo ayuntarse con el toro y quedó embarazada dando a luz al Minotauro, un monstruo de cuerpo humano y cabeza de toro, que creció encerrado en un laberinto, que también fue diseñado y construido por Dédalo. Como todo buen monstruo, el Minotauro devoraba jóvenes vírgenes, en este caso de ambos sexos, y cada año había que entregarle una remesa. Interesante asociación con nuestros monstruos internos e inconscientes, nuestra sombra, que cuando se atrincheran y anidan en la psique, porque los convertimos en inconfesables, nos devoran la vitalidad.

Si Neptuno se entrega a sueños irreales y pierde su energía, queda agotado y se abandona a largas melancolías, a variadas adicciones o a un dramático romanticismo, y se convierte en víctima de sus propios monstruos.

Uno sus hijos fue Pegaso, el caballo alado, que engendró al violar a la bella Medusa, la de hermosos cabellos, que servía como sacerdotisa en el templo de Atenea. Poseidón la violó allí mismo en el templo, lo que provocó la ira de Atenea, que en vez de castigar al violador, castigó a Medusa convirtiendo sus cabellos en serpientes y a ella en una nueva Furia, un monstruo lleno de rabia que convertía en piedra a aquellos que se dejaban atrapar por su mirada. Otra interesante manifestación de los monstruos nacidos de la injusticia, de la misoginia del orden patriarcal, del descontrol de los instintos básicos perpetrado impunemente por el  poder.

Perseo, uno de los héroes del nuevo orden,  le cortó la cabeza a Medusa y de su sangre nació Pegaso, el caballo alado. De un dios atrapado en sus emociones y sus pasiones, injusto e inestable, perdido en sus derrotas, olvidado de sus orígenes, y de una mujer violada, castigada de forma injusta y después asesinada, nació un caballo volador, que según parece movía las patas como si corriese por el cielo. No son raros los neptunianos errantes, peregrinos eternos marcados por el impulso de escapar más allá de sus viejas heridas. Gente de huye sin ser consciente de qué o porqué, saltadores en los momentos de crisis, que corren sin volver la cabeza y siguen huyendo toda la vida. Personas con dificultad para crear arraigo, enlazados a sueños que no terminan de hacerse realidad porque no encuentran territorio en el que asentarse y crecer, nómadas sin causa.

En su aspecto real Neptuno es el arquetipo que representa a los navegantes, que se lanzaban al mar sin conocer sus límites, unas aguas infinitas sobre las que se entregaban al sueño de llegar a nuevos territorios inexplorados, y donde habitaba el dragón que devoraba al sol en el poniente. Hoy este arquetipo encarna en los navegantes del espacio, el nuevo elemento plagado de quarks, leptones, neutrinos y cuerdas vibrantes, y los nuevos océanos ignotos son los agujeros negros y los universos paralelos.

Neptuno rige la fuerza de la naturaleza en los tsunamis y terremotos, en los huracanes y tempestades, en las inundaciones o las sequías.

Neptuno es el arquetipo que reina en el mundo de los sueños, en el surrealismo, el psicoanálisis, las drogas alucinógenas, las utopías, la poesía, la música, la danza, el teatro, la duplicidad, la huida, el autoengaño. Tiene las llaves de la percepción y sus puertas están en el cruce entre la vigilia y el sueño, al dormirse y al despertar, en la antesala de la muerte y en todos los instantes fronterizos en los que podemos recuperar la memoria de nuestro ser real y experimentar la verdadera entrega.

Una leyenda cuenta que al morir, las almas tienen que beber de la fuente del olvido, perdiendo así la memoria de su anterior vida para volver a comenzar en otra sin recuerdos, y que sólo los héroes sabrán distinguir entre las dos fuentes que se encuentran en el mundo infernal y beber de la fuente de la verdad, que permite conservar la memoria y entrar en una nueva dimensión de consciencia. Otra posibilidad que Neptuno representa, pero a la que solo se llega a través de la aceptación, la humildad, la comprensión y la empatía. Cuando nos reconocemos en el juego de espejos, cuando recuperamos nuestras proyecciones y descubrimos los miedos y emociones que esconden, los monstruos y sombras que anidan en nuestra psique, cuando nos atrevemos a ser nosotros mismos más allá de los límites del ego.

La primera molécula nació en la matriz de los océanos, que se formaron después de  inmensas explosiones volcánicas en las que la tierra paría a los Titanes, grandes rocas envueltas en fuego y lava que fueron cargando la atmósfera de gases, que después se precipitaron en lluvia durante miles de años. En esa matriz oceánica nacía la vida y a esa matriz vuelve en la disolución cíclica. Todas las formas nacen y mueren en el océano cuántico donde gobierna Neptuno, que es también Metis, la diosa de la sabiduría.

Allí donde Neptuno se encuentra puede que nos dejemos atrapar por ilusiones, por adicciones y otras sectas. Por drogas y alucinaciones. O puede que seamos eternos peregrinos, errantes nómadas buscando nuestro lugar y nuestro territorio, pero puede que también encontremos nuestras puertas de la percepción y descubramos una nueva dimensión en la que habitar con consciencia.

Podemos experimentar la verdadera intuición, la sensibilidad, la compasión, la vulnerabilidad, sin caer en dependencias. Podemos descubrir otras formas de percepción a través de la música, la poesía y el arte.

Una de esas puertas dimensionales es la saudade, esa melancolía inesperada, la nostalgia o la genuina tristeza, que nunca es autocompasión, y que nos acerca a una comprensión profunda de la vida.

Tanto si queremos como si no, Neptuno/Poseidón nos descubre la verdad velada, la que aflora en momentos de crisis, donde es irrenunciable la sinceridad interna.

En Roma, las fiestas de Neptuno eran las Neptunalias, que se celebraban para evitar las sequías. Por eso el Neptuno romano tenía como atributo, además de su tridente, la cornucopia, un símbolo de abundancia.

El mar, los líquidos, la música, el cine, la televisión, el teatro. Fascinación, sueños, apariencias, decepciones, engaños, espiritualidad, ideales, mística, presentimientos. La niebla, el petróleo, el misterio, los anestésicos, los halagos. Intangibles, fragancias, intuición, poesía, baile, colores. Las drogas y las adicciones, el alcohol. Hipocondría, sonambulismo, trances, hipnosis, inmaterialidad. Lo sutil y gradual. El agua y los líquidos y todo lo relacionado con ellos en la naturaleza.

Neptuno en el mapa natal nos dice en qué aspecto tendemos a engañarnos a nosotros mismos o a los demás. Dónde tendemos a idealizar la realidad, pero también dónde está más abierta nuestra  capacidad de percepción, y a la vez dónde somos más vulnerables o dependientes. Dónde nos sentimos víctimas. Dónde las mareas profundas del inconsciente personal y colectivo afloran y a veces estallan en tormentas. Dónde está lo incontrolable y también la puerta hacia el autoconocimiento  y la sabiduría profunda.