LA LUNA

LA LUNA

 

Entre los antiguos mitos griegos, la Luna fue una titánide llamada Febe, la Resplandeciente, que era hija de Urano y Gea. Luego se llamó Selene, hija de Hiperión y Tea. Y en los nuevos mitos patriarcales, fue Artemisa, hija de Leto que era hija de la antigua Febe y de Ceo, el titán de la inteligencia. Así la Luna era a la vez la hija, la madre y la abuela.

En su aspecto oscuro, la Luna Negra o Luna Nueva, cuando desaparece en el cielo, era Asteria, la diosa de las estrellas, hija de Febe y hermana de Leto; era la luz en la oscuridad y por eso era la diosa de los sueños lúcidos, de la observación e interpretación de las estrellas y de los oráculos. También en este aspecto fue representada por  la misteriosa Hékate, compañera y amiga de Perséfone, la diosa del Tártaro.

Las diosas triples, como las Moiras, las Parcas, las Nornas de los celtas o las Erinnias, que eran hermanas de las Moiras, eran representantes de las tres fases visibles de la Luna.  Las Erinnias, por ejemplo, tenían la función de perseguir a los que ejercían la violencia contra sus madres o sus familias, a los que perseguían y provocaban enormes remordimientos. Las  Erinnias eran también llamadas las Euménides, «las amables», «las respetables» o «las patronas», que protegían la fertilidad, la riqueza, la salud y la paz.

Artemisa era la diosa de la naturaleza salvaje, la Señora de las Fieras, que  cuidaba de las fuentes y manantiales junto con Perséfone, que cuidaba de también de las aguas termales. Los perros y los lobos las acompañaban y dicen que Leto se transformó en loba para huir de Hera, la esposa de Zeus.

Todas las diosas triples hablan de la Luna y sus fases, de la Luna y sus caras, y sus luces, y sus cambios, y sus ciclos, y de los ciclos de la vida. Nacimiento, crecimiento, plenitud, decaimiento, fruto, muerte y disolución. La Luna Creciente es la Doncella blanca y la primavera, la Luna Llena es la Madre roja y el verano y  la Luna Menguante es la Anciana negra y el invierno. Madre, abuela, hermana, hija de sí misma, que crece y se llena para después contraerse, desaparecer y volver a renacer.

El arquetipo lunar representa todos los ciclos y se asocia con el origen, con la madre primigenia y con la luz en la oscuridad. Con sus fases nos cambia la perspectiva e influye en los ciclos vitales y biológicos de todos los seres de la Tierra. Es la madre primordial, que en su ciclo mantiene y protege todos los demás ciclos del planeta, por eso Hékate era la protectora de las encrucijadas, en los caminos y en la vida.

Otro aspecto de la Luna es Lilith, que en astrología representa el punto intermedio entre la tierra y la luna, cuando ésta está más alejada de nuestro planeta. Este es interpretado como un punto ciego, el inconsciente profundo, la oscuridad donde habitan los peores monstruos, que nacen de la represión y el miedo a los instintos básicos. También representa todos los miedos asociados al más allá, a los misterios de la vida y la muerte, de la descomposición de la materia. Los miedos asociados al descontrol de las pasiones y deseos, de las emociones, la locura.

Lilith aparece en la mitología hebrea como la primera compañera de Adán, que no encajó en los planes del nuevo orden patriarcal porque era rebelde e independiente, y quería ser igual que el hombre, por eso fue desterrada del paraíso y asociada con un demonio femenino, que en algunas leyendas se asocia con la serpiente que tentó a Eva. Lilith puede tener su origen mítico en la Lilitu de Mesopotamia, que estaba relacionada con el espíritu maligno Lilu, Lil significa viento, aire o espíritu. Lilu era un aire, un viento malvado.

La Lilith astrológica nos habla de la sombra, ese aspecto oscuro que reprimimos porque nos parece algo inaceptable, y que  el psiquiatra C. G. Jung proponía sacar a la luz y reconocer, como parte del proceso de sanación y consciencia interior.

Pero Lilith y la Luna representan como arquetipo a la Madre ancestral, la naturaleza creadora, que está más allá de nuestras ideologías, religiones e interpretaciones del mundo. A la Madre Energía, que no se crea ni se destruye, solo se transforma, el umbral de todas las formas y manifestaciones del universo y la vida. 

LA DIOSA MADRE.

La Luna, como Lilith, representa ese algo de la naturaleza, de la vida y de la muerte, que no podemos controlar, comprender ni desvelar, pero que nos recorre y nos mueve desde lo profundo, y que si lo aceptamos y reconocemos, nos da su fuerza para ser libres y auténticos, sanar nuestros miedos y manifestar nuestro potencial.

La Luna representa nuestra memoria celular y el origen de la vida. Habla de los procesos de crecimiento, por lo que gobierna los ciclos hormonales que rigen los ritmos vitales. Igual que a los ciclos de animales y plantas, de las mareas, de los cambios climáticos, la Luna afecta y sincroniza nuestros cuerpos y nuestros ciclos.

La división del año en meses nace del ciclo lunar anual de trece lunas de 28 días, y la división de los meses en semanas está asociada a las cuatro fases de la Luna.

En algunas culturas antiguas se creía que la diosa Luna también tenía sus días de menstruación, como las mujeres, y durante esos días todo el mundo descansaba en su honor. Este era el día de la regla de la Luna, que al principio era solo un día al mes, más adelante dos días, los de la Luna Nueva y la Luna Llena, y después cuatro días asociados a los cuatro cuartos de la Luna. Estas costumbres fueron posiblemente el origen del Sabbat de los judíos y del domingo de descanso cristiano.

La Luna Creciente es la ingenuidad, la infancia, la sensibilidad que nos hace vulnerables al ambiente. Es la intuición, la ternura, la timidez, los sueños, la imaginación y la fantasía.

La Luna Llena es la emoción de la sensualidad, los deseos y la fecundidad.

La Luna Menguante es el envejecimiento, la experiencia y la sabiduría, es el fruto. Es la creadora de imágenes en el mundo del inconsciente, donde tejemos los hilos de nuestro destino y donde las alimenta de emociones y sentimientos, que nuestro cerebro registra e interpreta y convierte en los relatos de la memoria.

La Luna es cambio, es movimiento y diversidad. Es la sensación y la emoción del momento que, según su intensidad, se guardará en la memoria o, según su utilidad, creará los hábitos cotidianos.

La Luna nos guía hacia la intuición y la conexión con la realidad, o nos atrapa en un mundo de emociones y sensaciones que puede conducirnos a la confusión o la locura. Por eso los perros protegen las puertas de su mundo, donde solo pueden entrar los que son capaces de reconocer y atravesar sus miedos. En ese mundo simbólico no cabe lo racional, porque la Luna nos conecta con nuestra naturaleza primitiva, sensorial e instintiva, por eso representa a la familia, el grupo que nos vincula en lo biológico y emocional.

En su caminar celeste es un cuerpo rápido, el más rápido de todos. Por eso la asociamos a los viajes, al ritmo y la danza, a la expresión espontánea de los sentimientos, a los cambios anímicos y metabólicos durante el día, a los biorritmos y los ciclos de sueño y vigilia.

Nuestra Luna natal nos habla sobre cómo vivimos las emociones, sobre nuestras relaciones familiares y sociales, sobre nuestra mayor o menor empatía hacia los demás. Nuestra rigidez o flexibilidad. Nuestra capacidad de adaptación. Los sentimientos de pertenencia. Nuestros estados anímicos y metabólicos. Los sueños. Los recuerdos. Nuestra infancia. Tiene relación con los niños y representa la relación con nuestras madres y con las mujeres.

Habla de nuestra proyección social, nuestra inquietud viajera, nuestros miedos y obsesiones. Del cuidado personal, sobre cómo atendemos nuestra salud psíquica y física.  De nuestros ciclos vitales. De cómo vivimos las crisis y los cambios. De nuestra capacidad de adaptación, nuestra estabilidad o inestabilidad emocional. De nuestro nivel de autoestima.