PLANETAS

EL SOL

El Sol es la estrella central de nuestro sistema, una gran esfera de gases incandescentes que se desplaza en la galaxia hacia un punto situado en la constelación de Hércules, cerca de la estrella Vega. Cumple su revolución aparente en un año Trópico de 365 días aproximadamente.

El ciclo solar determina el clima en la tierra, por lo que cobró gran importancia con el descubrimiento de la agricultura. Se convirtió en el hijo de la diosa del cielo, que en cada ciclo moría y volvía a renacer. En el solsticio de verano el joven sol maduraba hasta comenzar en otoño su viaje a la oscuridad y, en analogía con el ciclo vegetal, volvía a las entrañas de la tierra como semilla donde se preparaba para su nuevo renacimiento en el solsticio de invierno.

Aquellos pueblos conocieron y convirtieron en sagrado el calendario solar, fundamental para la supervivencia de los cultivos y de la vida, y honraban su poder para alimentar, sanar, purificar e iluminar.

Entre los egipcios era el dios que todos los días nacía de la diosa del Cielo, maduraba al mediodía, envejecía por la tarde y por la noche viajaba al mundo de los muertos en su barco, y en su ciclo diario aseguraba el orden en el mundo. Como dios del amanecer era Jepri el escarabajo, que simbolizaba la resurrección, el renacimiento y la transformación. Ra durante el día, un hombre con cabeza de halcón, que por la noche se convertía en Atom, con forma humana y la doble corona de los faraones. En los antiguos mitos era el titán Hiperión, el que está en lo alto del cielo y lo conoce todo, que con Tea, la de amplio brillo, la diosa de la vista, tuvo a Helios, Selene y Eos, la aurora. Helios y Selene heredaron los poderes del Sol y de la Luna y se turnaban entre el día y la noche para recorrer el cielo en sus carros de luz.  Helios era también Febo, brillante, resplandeciente, puro, como lo era Febe, la luna.

En la moderna época olímpica se convirtió en Apolo, nacido de Zeus y de Leto en la isla Ortigia, que desde entonces fue llamada Delos, brillante, porque según la leyenda se cubrió con una capa de oro al nacer el nuevo niño Sol, gemelo de Artemis, la nueva diosa Luna.

En el nuevo orden se convirtió en modelo de belleza masculina y, como nuevo dios de la luz, se apropió de los antiguos oráculos de las diosas, como el oráculo de Delfos, donde tuvo que matar a la serpiente Pitón, símbolo de la diosa ancestral,  que custodiaba la gruta oracular de Gea. Como Apolo siguió siendo un dios peregrino, que pasaba una parte del año en Delfos y otra en el país de los Hiperbóreos, más allá del norte.

El Sol es el centro del Sistema Solar, la estrella entorno a la que giran los demás planetas y por eso es el arquetipo del centro, del corazón en el cuerpo y del sí mismo en la psique. El Sol es el individuo en su esencia y es a la vez nuestra parte consciente y la vigilia diaria. El ciclo solar representa en su viaje anual las etapas de la niñez, la adolescencia, la madurez y la vejez en la vida humana, que se manifiestan en las estaciones del año, primavera, verano, otoño e invierno.

El  signo en que tenemos el Sol indica nuestras tendencias innatas, es la esencia de nuestra energía como fuente de creación. La potencialidad del ser individual que se irá desplegando durante la vida. Representa aquellas cualidades latentes de nuestro ser interno que necesitamos descubrir y desarrollar. Pero el Sol también quema, seca y provoca enfermedades, por lo que representa la necesidad de reconocer nuestro ego, el orgullo y la arrogancia que oscurecen la razón, el deseo egoísta que destruye el sentimiento y la intuición. Donde tenemos el Sol es donde somos Febo, donde podemos ser puros y brillantes, pero también podemos ser Faetón o Apolón, destructores de ego inflado.

Su paso anual por el zodiaco celeste marca el calendario de los climas terrestres y sus arquetipos afines. Con su energía de luz alimenta el crecimiento de los seres en la tierra, por lo que es símbolo de la luz de la consciencia que alimenta la creatividad y la voluntad de ser. Como peregrino que nace y muere en el año y viaja por el cielo, nos enseña que la vida es ciclo y cambio, y que el ser único que encarnamos es energía que fluye, es movimiento y transformación continua. Nuestro Sol natal nos ayuda a conocernos mejor, a conocer las cualidades de ese fluido energético que somos en sincronicidad con la época y el clima en el que nacimos,  y a reconocer y desarrollar las posibilidades creativas de nuestro viaje.

PEREGRINO SOL

LA LUNA

En los tiempos ancestrales la luna fue una titánide llamada Febe, La Resplandeciente, hija de Urano y Gea. Luego se llamó Selene, hija de Hiperión y Tea. Y en los nuevos tiempos de Zeus, fue Artemisa, hija de Leto, hija a su vez de la antigua Febe y de Ceo, el titán de la inteligencia. En su aspecto oscuro era Asteria, diosa de las estrellas, hermana de Leto; era la luz en la oscuridad y por eso diosa de los sueños lúcidos, de la observación e interpretación de las estrellas y de los oráculos. Era la misteriosa Hékate, compañera y amiga de la bella Perséfone, diosa del Tártaro.

Las diosas triples  como las Moiras, las Parcas o las Nornas celtas. Las Erinnias, hermanas de las Moiras, que perseguían y provocaban enormes remordimientos a los que hacían daño a sus madres y a sus semejantes;  las Erinnias en su aspecto positivo eran las Euménides, “las amables”, “las respetables” o “las patronas” que protegían la fertilidad, la riqueza, la salud y la paz.

Artemisa era la diosa de la naturaleza, “Señora de las Fieras”, y cuidaba de las aguas junto a Perséfone, que cuidaba de las aguas termales. Los perros y los lobos las acompañaban siempre y dicen que Leto se transformó en loba para huir de Hera, la esposa de Zeus.

Todas las diosas triples hablan de la Luna y sus fases, de la Luna y sus caras, y sus luces, y sus cambios, y sus ciclos, y de los ciclos de la vida. Nacimiento, crecimiento, plenitud, decaimiento y fruto, muerte y disolución. La Luna Creciente es la Doncella blanca y la primavera, la Luna Llena es la Madre roja y el verano y  la Luna Menguante es la Anciana negra y el invierno. Madre, abuela, hermana, hija de sí misma, crece y se llena para después contraerse y desaparecer representando todos los ciclos.

El arquetipo lunar se asocia con el origen, con la madre primigenia y con la luz en la oscuridad. Cambia en sus fases la perspectiva de las cosas y con su fuerza de gravedad influye en los ciclos vitales y biológicos de los habitantes de la Tierra. Es la madre primordial más allá de todas las formas culturales e ideológicas, que en su ciclo mantiene todos los demás ciclos del planeta, por eso en su forma Hékate protegía las encrucijadas de los caminos y de la vida.

Se llama Lilith a la cara oculta de la Luna, la que fue primera compañera de Adán, no encajó en los planes del nuevo orden patriarcal porque era rebelde e independiente, la naturaleza en su estado puro y en su aspecto salvaje. Así el arquetipo de Lilith representa ese algo de la naturaleza, de la vida y de la muerte, que no podemos controlar, comprender, desvelar, pero nos mueve desde lo profundo del instinto y nos da su fuerza para ser libres y crear.

La Luna representa nuestra memoria celular y el origen de la vida. Habla de los procesos de crecimiento, por lo que gobierna los ciclos hormonales que rigen los ritmos vitales. Igual que a los animales y plantas, los ciclos de las mareas, los cambios climáticos, la Luna afecta y sincroniza nuestros cuerpos y nuestros ciclos.

La división del año en meses nace del ciclo lunar completo de trece lunas de 28 días, y la división de los meses en semanas está asociada a las cuatro fases de la Luna. En algunas culturas antiguas se creía que la diosa Luna también tenía sus días de menstruación y durante esos días todo el mundo descansaba en su honor. Este era el día de la regla de la Luna, que al principio era solo un día al mes. Más adelante fueron dos días, los de la Luna Nueva y la Luna Llena, y más tarde los cuatro días de los cuatro cuartos de la Luna.  Estas costumbres fueron posiblemente el origen del Sabbat de los judíos y del domingo de descanso cristiano.

La Luna Creciente es la ingenuidad, la infancia, la permeabilidad que nos permite recibir las influencias del ambiente. Es la intuición, la ternura, la timidez, los sueños, la imaginación y la fantasía. La Luna Llena, es la emoción de la sensualidad, los deseos y la fecundidad. La Luna Menguante es el envejecimiento, la experiencia y la sabiduría, es el fruto. Es la creadora de imágenes en el mundo oscuro de nuestro inconsciente, donde tejemos los hilos de nuestro destino, y donde las alimenta de emociones y sentimientos, de las impresiones que registra e interpreta nuestra sensibilidad.

La Luna es cambio, es movimiento y diversidad. Es la sensación y la emoción del momento que, según su intensidad, se guardará en los registros ocultos de la memoria y, según su utilidad, irá creando los hábitos cotidianos. También representa nuestras manías y obsesiones.

Nuestra Luna nos guía hacia la intuición y la conexión con el cuerpo y su realidad, o nos atrapa en un mundo de emociones y sensaciones que puede conducirnos a la confusión o la locura. Por eso los perros protegen las puertas de su mundo, donde sólo pueden entrar los que son capaces de atravesar sus propios miedos. En ese mundo simbólico no cabe lo racional porque nos conecta con nuestra naturaleza primitiva, sensorial, instintiva y emocional. Por eso representa a la familia, el grupo emocional y biológico, que como un solo organismo comparte sus ciclos.

En su caminar celeste, es un cuerpo rápido, el más rápido de todos. Por eso la asociamos a los viajes, al ritmo y la danza, a la expresión de los sentimientos, a los cambios anímicos y metabólicos, los biorritmos y los ciclos del sueño.

Nuestra Luna natal nos habla sobre cómo vivimos las emociones, sobre nuestras relaciones familiares y sociales, sobre nuestra mayor o menor empatía hacia los demás. Nuestra rigidez o flexibilidad. Nuestra capacidad de adaptación. Los sentimientos de pertenencia. Nuestros estados anímicos y metabólicos. Los sueños. Los recuerdos. Nuestra infancia. Tiene relación con los niños y en nuestra cultura actual representa a nuestras madres y a las mujeres en general. Habla de nuestra proyección social, de nuestra inquietud viajera, de nuestros miedos y obsesiones. Sobre el cuidado personal, sobre cómo atendemos a nuestra salud psíquica y física. Sobre nuestros ciclos vitales. Sobre cómo vivimos las crisis y los cambios. Nuestra capacidad de adaptación, nuestra estabilidad o inestabilidad emocional. Nuestra capacidad de protección y autoestima.

MERCURIO

Mercurio es el planeta del sistema solar que está más cerca del Sol, por eso su  observación de Mercurio es difícil porque nunca se aleja más de 28º del Sol. Su período sidéreo es de 87, 97 días.

En la mitología griega era Hermes, hijo de Zeus y de la ninfa Maya. Más adelante en el mundo romano, se convirtió en Mercurio, y Maya pasó a encarnar uno de los múltiples aspectos de la diosa madre, en este caso su aspecto primaveral que dio nombre al mes de mayo.  Hermes/Mercurio creció precoz en agilidad e inteligencia, astuto, inquieto y juvenil. Inventó la lira y la flauta, que luego pudo cambiarle a Apolo por su cayado de oro. También inventó la música, el alfabeto, la astronomía, la gimnasia, los pesos y medidas, y se convirtió en el dios protector de los viajeros, los oradores y los comerciantes.  Los ladrones lo adoraban por su habilidad para el engaño. Robó el carcaj de flechas de Cupido, la espada de Ares, el ceñidor de Afrodita, el Tridente de Poseidón. A pesar de todo se convirtió en el mensajero del Olimpo y aparece en muchos mitos como enviado, intermediario y colaborador de Zeus, que en su empeño usurpador le asignó el descubrimiento del fuego, un poder de la diosa ancestral asociado a la Luna.

Su actividad principal era el de Psicopompo, guía de los muertos al inframundo, y por su agilidad en esos cruces fundamentales, se le asignó la protección en los cruces de caminos, en los que se colocaban sus imágenes y muchas veces mojones de piedras que ofrendaban los caminantes al pasar. Todas estas actividades asociadas a Hékate, la diosa de las encrucijadas, que podemos considerar como el aspecto de la diosa en Hermes, su cualidad ancestral y andrógina.

Se representa con el sombrero de viajero o el casco alado, sandalias aladas y una capa, pero su símbolo más importante es el caduceo, el cayado de oro que consiguió cambiarle a Apolo por la lira y que transformó en su vara mágica. Según su leyenda, Hermes tropezó un día con dos serpientes que se estaban peleando, las golpeó con su bastón y se enroscaron en torno al cayado, que se convirtió así en el Caduceo. Su poder era el de “ligar” y “disolver”, transformaba en oro todo lo que tocaba y protegía de los peligros. Es el símbolo de la sabiduría de unir los opuestos internos (solares y lunares) y llevar los instintos al nivel de la consciencia y la sabiduría. El arquetipo de Hermes/ Mercurio camina por todos los mundos, del consciente al inconsciente, como cada día nuestro cuerpo y psique entre la vigilia y el sueño. Es por eso que también es el señor de las puertas.

Representa el poder de la palabra y el de todos los lenguajes, y la capacidad de traducirlos y comprenderlos. Su nombre, Hermes, significa intérprete o mediador. El Mercurio romano estaba muy relacionado con el comercio (del latín merx: mercancía o mercare: comerciar).

A través de lo que representa Mercurio en nuestra psique asimilamos la información que nos llega del exterior. Su posición en nuestro mapa astral nos habla acerca de nuestras capacidad para comprender y traducir esa información, nuestra capacidad para aprender, para comunicar y para el intercambio. Nuestra movilidad, nuestra capacidad de asimilación de conocimientos, el lenguaje, la escritura y la lectura. Representa cómo vivimos los viajes y desplazamientos cortos. Cómo son nuestros reflejos y si tenemos agilidad física o mental. Como mensajero alado conecta consciente e inconsciente y se mueve con ligereza en ambos niveles. Nos descubre la necesidad de claridad y orientación.

Hay una relación entre lo mágico y este arquetipo, al que ninguna puerta, camino o mundo le es inaccesible. Juega con las palabras para invocar imágenes y emociones, y da a cada cosa su lugar en el mundo al nombrarla.  Es el poder del lenguaje que organiza nuestra mente y pensamientos, nuestro diálogo interior. El Hermes mágico nos enseña el Arte Hermético, la Alquimia, que investiga el misterioso mundo de la naturaleza, del más allá y de la psique. Mediador entre el mundo lunar y solar, aspira hacia la vertical simbolizada por su caduceo, que une el cielo y la tierra. Cuerpo, instinto, emoción, sentimiento, mente y espíritu. Y transforma su energía alcanzando la ligereza y la agilidad que abre las puertas de la intuición, el conocimiento, la comprensión y la verdad interior. Mente, intelecto, forma de expresarse y comunicar, contacto con el entorno. Curiosidad, intereses intelectuales y de intercambio. El impulso a investigar y desvelar los misterios.

Mercurio rige en el cuerpo el sistema nervioso y cerebral, la vista, boca, lengua y sistema respiratorio como órganos para la comunicación. Las manos y los brazos, con los que acompañamos de gestos nuestras palabras, y son herramientas de la mente que nos permiten traducir las ideas en acciones.

VENUS

El segundo planeta del sistema solar tiene un diámetro, masa y densidad parecidos a los de la Tierra pero está sometido a altas temperaturas que pueden llegar a superar los 460º C. Su período sidéreo es de 224,7 días.

Es el más brillante de nuestro cielo y era llamado por los antiguos Estrella del alba o Lucero Matutino cuando se veía al amanecer, y Véspero o Lucero Vespertino cuando aparecía al anochecer.

Sinónimo de luz, claridad, belleza y sensualidad, es el arquetipo que simbolizaban aquellas diosas prehistóricas de grandes pechos y nalgas que eran a la vez vida y belleza, y deseo de vivir, de crecer, de crear. Es la fertilidad, el alimento y la creación continua de la madre andrógina, de la energía en continua creación y transformación. Las Venus de la Vida que recorren nuestro pasado ancestral surgían de la piedra pulida para recordarnos que era posible amanecer, como la mañana, y crecer y crear, y disfrutar de estar vivos hasta que la Madre Eterna decidiera llamarnos a su vientre en el ciclo infinito que el Sol y la Luna reproducen en el cielo, y que podemos sentir en cada ser. Venus es la Vida que se manifiesta como tal cuando es apreciada, acariciada en la piedra, en la piel, en la flor, en el roce de la brisa al atardecer, en las nubes de polen inundando la primavera.

En el mundo griego volvió a nacer como Aphrodita Urania, de la unión del esperma de Urano con la espuma del mar. La diosa ancestral nacía así para el nuevo orden patriarcal como diosa marina acompañada de conchas y perlas, del rumor de las olas, de la suave arena de sus orillas, del perfume del mirto, símbolo de Vida, como la rosa, el granado o la manzana, con su corte de cisnes y palomas. Pero Afrodita nació de la espuma como mujer adulta porque era tan vieja como la Nammu sumeria, el océano primordial del que nacieron todos los seres, o Inanna, la diosa Lucero, llamada también Isthar, Anat, Anahit, Asera, Astarté, Tanit, la de muchos nombres, “Señora de todas las esencias, llena de luz…” Cantada por Enheduana hace 4300 años. Era la fuente, la madre del Eros primordial, el soplo de atracción que puso todo en movimiento y se manifiesta en la fuerza electromagnética que entrelaza átomos y elementos entre sí.

La nueva Afrodita griega fue llevaba por el viento Céfiro a la isla de Chipre donde la recibieron las Horas, Talo = tallo o retoño, Auxo = crecer y Carpo = fruto, otra manifestación de la triple diosa, la que tiene la llave de la vida en sus ciclos, la que trae los seres al tiempo y a la Vida.

Zeus, el recién estrenado patriarca de los dioses, la casó con el feo Hefesto, el dios de la fragua, en un acto de dominio y desprecio, quizás de celos, porque Zeus – Júpiter es el otro lucero, a veces tan brillante como Venus cuando se asoma al ponerse o al salir el Sol. Pero Venus no se tomó demasiado en serio el humor de Zeus y tuvo variados amantes en los que sus antiguos atributos como energía única y completa se verán representados.

Ares ‑ Marte, con el que tuvo a Eros en su nuevo aspecto patriarcal, el Amor que inflama corazones y que en Roma se convirtió en Cupido, el niño alado con una venda en los ojos y sus flechas ardientes. Así perdimos el contacto con el misterio de la energía en continua transformación y convertimos algunas de sus más bellas manifestaciones en mera ceguera.

En realidad Ares y Afrodita son los dos polos de la misma diosa ancestral, la diosa andrógina, la energía única, y Eros es la chispa electromagnética que dispara toda creación.

Hermes – Mercurio, con el que Afrodita tuvo a Hermafrodito, un bello muchacho del que se enamoró Salmácide, la ninfa de una fuente, y que cuando se bañaba en sus aguas lo abrazó tan fuerte que se fundió con él. Otro moderno renacimiento para la antigua diosa andrógina.

Venus-Afrodita es el arquetipo de la naturaleza en sus manifestaciones más luminosas, más estimulantes, más sensuales, más inspiradas.  Por eso es diosa de la primavera, del arte, la belleza, los juegos y el amor. Como ella siguió libre a pesar de todos los intentos de control, su amor es el amor libre, sus juegos son espontáneos y alegres, su frescura es la de la Vida

En Latín Venustrus es gracioso y en Sánscrito Vana es amable. Y de Venus son: veneración, venerable, venerar, venas. Y de Afrodita viene Afrodisíaco.

¿No es ser y estar en unidad interna con la vida el más puro placer?  ¿La iluminación del lucero el puro éxtasis de estar vivo? Danzar con la vida, hacer sonar la música propia con la música que nos rodea, ese instante único que nos da fuerzas para seguir.

Es esa sensación al reconocer nuestro camino, oler los vientos y saber lo que anuncian, desarrollar las cualidades y sentir la satisfacción de vernos crecer a través de ellas y de compartirlas. Es escuchar la voz del cuerpo. Es aprender el lenguaje de los pájaros. Es recordar a nuestros antepasados ancestrales y oír sus risas de niños en el atardecer.

La Venus del nuevo mundo patriarcal se ve atrapada en los juicios que denigran el aspecto sexual de la vida y la asocian a la pasión erótica y el amor como sufrimiento, y la convierten en responsable  de la locura, la violencia  y  la guerra. Como a Elena en la guerra de Troya, se la hace culpable de los deseos masculinos, en los tiempos oscuros del Hierro, en que sirvió para esconder y justificar las ansias de conquista y poder de los nuevos señores.

La señora del cielo fue encarnada en las mujeres bellas y encerrada en los rincones de los harenes, donde fue sometida y utilizada para el placer masculino. O fue relegada a un tiempo y una posibilidad, en la vida de las mujeres, en la que ser elegidas y convertidas en objetos. Así nacieron las madres castas, las brujas malas y las suegras, como la que encarna Venus en el cuento de Apuleyo,  EROS Y PSIQUE.

Pero la auténtica Venus sigue corriendo por nuestras venas y las del mundo porque su fuerza es indestructible. Es la fuerza de la Vida, una danza de continua transformación, de luces y sombras, de belleza, deseo, de misterioso equilibrio y de creación. En nuestro Venus astral vemos cómo late el deseo y la fuerza de la Vida, esa Vida que lo recorre todo e ilumina, como el Lucero, que anuncia la mañana o celebra el día,  que nos recuerda que somos tiempo y espacio y energía.

Su arquetipo nos habla sobre nuestras sensaciones y sentimientos, nuestros gustos y placeres, nuestros amores, nuestras capacidades artísticas y creativas, nuestra capacidad de disfrutar de la belleza y el arte, de la música, las artes plásticas y la comedia. Sobre nuestro sentido del humor, nuestros juegos. Nuestra relación con la naturaleza, con la sensación de estar vivo. Nuestra relación con el cuerpo y sus formas, su belleza y nuestro estilo estético. Venus es dueña de todos los tiempos y territorios, pero sobre todo percibimos su plenitud en Tauro y Libra, los momentos más bellos de la primavera y el otoño.

MARTE

Marte se parece a la Tierra, gira sobre sí mismo en poco más de 24 horas y tiene hielo en sus casquetes polares, aunque una atmósfera menos densa que la nuestra. En algunas épocas es visible en el cielo nocturno con su tono rojizo. Tiene dos pequeños satélites, Fobos y Deimos, y su revolución sidérea es de 687 días.

Es el planeta regente de Aries, el arquetipo del nacimiento, de la iniciativa, el empuje y la fuerza necesarias para comenzar todo en la vida. Es por lo tanto el niño en su primera salida al mundo.

En la mitología griega era hijo de Zeus y de Hera, su esposa oficial. Era representado como un muchacho fuerte, robusto, activo, inquieto, decidido y valiente. Impulsivo y agresivo, podía llegar a ser brutal y despiadado, por eso se convirtió en el dios de la guerra y la violencia, la nueva práctica de los nuevos imperios del orden patriarcal. Pero en los tiempos ancestrales, Ares era el niño, el joven, el fuerte, el cazador, pastor y agricultor, el artesano, el herrero y alfarero, que conocía los secretos de la construcción de herramientas, los secretos de la naturaleza y de la supervivencia.  Era el carnero, un dios de la fertilidad que aparece como Hombre Verde o Cernnunos en la mitología Celta, y que en Grecia se mantiene en la figura de Pan, el dios con piernas y cuernos de cabra que protege a pastores y rebaños y representa la fuerza de regeneración de la naturaleza.

Aries nunca reaccionaba con violencia salvo en circunstancias de amenaza y como Hércules, su aspecto más humano en el mundo griego, procuraba salvar obstáculos naturales y ayudar a los más débiles. Representa la figura del héroe que se enfrenta a su propio camino evolutivo como el niño recién nacido enfrenta el camino de su vida.

El Ares griego simbolizaba la fuerza física en el deporte y la conquista de niveles de rendimiento, pero se volvió infantil  en su aspecto más egocéntrico, y en sus mitos se le ve enzarzado en situaciones violentas, desagradables  y a veces ridículas. Entre sus muchas amantes la más importante fue Afrodita, su verdadera alma gemela, con la que tuvo a Deimos y Fobos, genios que despertaban temores, miedos y fobias varias.

El Marte romano incorporó tareas que requerían de su fuerza física, como las actividades agrícolas, constructivas y técnicas. Fue protector de la vegetación y sus sacerdotes realizaban danzas para proteger los campos y a los labradores. Y en Egipto era Khnum, el dios carnero, que en su torno de alfarero modelaba a dioses, humanos y animales y les insuflaba la vida.

Ares/Marte es el arquetipo de la energía en su forma más primaria, más básica e instintiva. Es la fuerza creativa de la supervivencia. Es la fuerza que empuja al niño a salir del vientre de la madre y a crear su propio espacio en el mundo.  Representa nuestra capacidad para realizar las acciones necesarias de la vida, para protegernos, para crear nuestro territorio, para alcanzar nuestros sueños y objetivos. Convierte el instinto en fortaleza física y psíquica para experimentar, superar obstáculos, luchar por los objetivos, elegir y decidir, actuar, realizar. Cuando nuestro Marte se somete o se desvirtúa su capacidad surge la rabia, la irritación y la violencia que destruyen en vez de crear, que hieren, que incapacitan, que alejan, que duelen. Surgen las luchas de poder y la manipulación, surgen los odios, los celos, los miedos, las envidias, las fobias, las ansiedades y angustias.

Ares/Marte es la fuerza del deseo, la capacidad de acción,  el impulso y la valentía para alcanzar nuestros objetivos. Sin esa fuerza nos convertimos en seres débiles, sumisos y dependientes. Es el arquetipo del líder interno que decide y actúa. Será asunto de cada uno y de todos tomar conciencia de esta fuerza primaria, reconocerla e integrarla, para que deje de ser destructiva.
Marte y Venus como arquetipos invocan una reflexión individual y colectiva, una que atañe a nuestra energía como Vida. ¿Vida para alimentar ideas y creencias, ambiciones desmedidas, fantasías irreales, complejos, fobias, luchas de poder? O vida para sentirla, disfrutarla, compartirla, alimentarla y amarla. Mientras nuestro Marte toma la iniciativa, Venus nos demuestra la validez de lo iniciado gracias a la satisfacción que nos produce. Por eso no podemos nunca verlos por separado en nuestro mapa natal, en el que nos hablarán sobre nuestra feliz y satisfactoria inserción en la vida o  sobre nuestras tendencias autodestructivas y depresivas.

Marte y Venus encarnan en nuestra psique consciente después de haber sido tormenta y arco iris, carnero y jabalina, cazadoras y recolectores nómadas que danzaban a la primera luna, agricultores y ganaderas, alfareras y cocineros, y herreros, y caballeros y damas, y se adentran en el nuevo territorio planetario de imágenes que los reflejan y nos preguntan, mientras cambian otra vez de piel.

JÚPITER

Es el arquetipo natural del bosque en la tierra y del fuego brillante en los cielos, que se manifiesta en rayos y truenos y a veces, en según qué latitudes, en las auroras boreales. Esto lo relaciona con la fertilidad, como Urano su abuelo. Es el más grande de todos los planetas del sistema solar y tan brillante a veces como Venus, con el que compite para ser lucero.

Júpiter va dejando todo tipo de hijos y creaciones y así actúa en nuestra psique, muchas veces con una creatividad indiscriminada que nace de la necesidad  expandirse y brillar; hasta que hacemos consciente la fuerza de su arquetipo como un patrón de renovación y crecimiento gracias al que nuestra energía encuentra nuevos horizontes.

Su arquetipo está asociado a lo masculino sólo desde la Edad de Hierro, hace unos 3.000 años. Antes podemos rastrearlo en la mitología griega en Dione, una diosa ancestral honrada en el santuario del oráculo de Dódona, de la Edad de Bronce (5.000 años), dedicado a esta diosa prehelénica de la abundancia y la fertilidad relacionada con las raíces del “Gran Roble”, donde era Zeus Naios y Dione Naia (dios/diosa). Fue entonces cuando seguramente nació para la psique humana como divinidad andrógina del bosque originario, contenedor de vida y de fertilidad con el roble sagrado.

En sus mitos posteriores aparece como nieto de Urano y Gea, hijo de Cronos/Saturno, que devoraba a sus hijos al nacer ante el temor a ser destronado por uno de ellos, temor que se hizo real cuando Zeus consiguió que vomitara a todos sus hijos y lo desterró al Tártaro. Entonces repartió con sus tres hermanos los dominios del mundo, dio el mar a Poseidón ‑ Neptuno y el mundo subterráneo a Hades – Plutón, mientras él se quedaba con el cielo y toda la tierra y se casaba con su hermana Hera. Además se dedicó a conquistar y violar a todas las mujeres que podían hacerle sombra, antiguas diosas ancestrales, como la propia Rhea, su madre, o a Metis, la diosa de la sabiduría, a la que después se comió, para evitar así que un hijo de ambos lo destronara, aunque creo que sobre todo para robar su sabiduría. Con este ultimo relato, el arquetipo de Zeus se reinventa como dominador de todos y nace la era del patriarcado.

Con Zeus comienza la generación de los olímpicos. Él crea el nuevo orden social en el que el padre domina al hijo, el hombre a la mujer, el señor al esclavo. Es el que sustenta los linajes reales, el que crea las leyes y dirige las relaciones entre humanos y dioses. Con él como dios patriarca, nace el arquetipo y el rol de la esposa burlada, celosa, competitiva e irascible, y desaparece en las tinieblas de la historia, aunque nunca de lo real a pesar de todo, la verdadera esencia de la diosa, la energía en continuo fluir y en equilibrio de polaridades, Dione. Con Zeus nace el patriarcado y el orden legislativo y religioso, más allá del orden natural de Cronos, que todavía respetaba la esencia completa de las cosas.

En su aspecto luminoso nos descubre nuevos territorios de experiencia. En su aspecto oscuro nos vuelve dogmáticos, controladores, exigentes, y arroja nuestro ego más allá de lo saludable despertando la ansiedad por la satisfacción de cualquier impulso o deseo, la exageración y el despilfarro que nos conducen a la ruina.

Él no es el creador del universo pero si el soberano. Cuando castra su parte femenina, su Dione ancestral, pierde esa condición para venderse por un trono muy material, y a veces nos confunde con el brillo de joyas y placeres efímeros.  Es un arquetipo generoso en su territorio, pero terrible si alguien lo invade, y siempre optimista de su fuerza y poder. Detrás de su aspecto benevolente están sus rayos y truenos, una tensión continua por mantener un poder que ha dejado de fluir al alejarse de lo natural.

Muchas veces aparece como mediador en conflictos y querellas y por eso le fue incorporando el concepto de justicia, que en otros tiempos era propiedad de la diosa Temis. Pero esa pasión por el ideal no le sirvió para respetar sus propias leyes, y así dispersó su energía en todo tipo de  conquistas, de ninfas a jóvenes efebos, y en su gusto por los disfraces de animales que utilizaba para seducir. Histriónico arquetipo capaz de múltiples transformaciones para cumplir sus deseos. Como lluvia de oro fecundó a Dánae, como cisne sedujo a Leda, como un toro raptó a Europa.

Su impulso, como el de su naturaleza representada en el trueno, es siempre creador y fecundador, aunque a veces desmedido y descontrolado, genera más destrozos que creaciones; su medida está en la sabiduría. Júpiter indica posibilidades, suerte y prosperidad en el sector que toca en nuestro mapa, e indica también dónde ejercemos autoridad de forma natural, en qué ambiente somos o proyectamos a los líderes.

SATURNO

En los tiempos ancestrales de la recién nacida Tierra, las fuerzas naturales estaban desatadas y en formación. Entonces sólo estaban la ardiente Gaia y el cielo, lleno de gases y promesas, Urano.

Los mitos griegos convierten estos comienzos en una historia de amor y pasión entre la tierra y el cielo, que cada noche caía sobre su amada y la fecundaba dando así a luz a las fuerzas naturales primigenias llamadas Titanes, entre los que estaban Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Tea, Febe, Mnemósine, Temis, Japeto, Tetis, Rea y Cronos. También los Hecatonquiros, gigantes de cien brazos y cincuenta cabezas, y los Cíclopes de un solo ojo, Brontes, trueno, Estéropes, relámpago, y Arges, rayo.

Urano, asustado de las potencias que le nacían a Gaia, los enterraba otra vez en su vientre, en el Tártaro.

Un día Gaia, harta de los excesos celestes, pidió a su hijo pequeño, Cronos, que acabara con su padre Urano y cerrara ese ciclo de caos.

Cronos obediente, tomó una hoz y al caer la noche, cuando su padre se extendía sobre la tierra para volver a fecundarla, cercenó sus testículos.

Cronos asumió entonces el gobierno del mundo junto a su esposa y hermana Rea, dando lugar a la mítica Edad de Oro, en la que Gaia se extendió ancha y fértil en sus grandes ríos y valles después del deshielo, y todos los seres se multiplicaron y encontraron su lugar en ella.

Cronos representa la edad neolítica en la que los humanos descubrieron la agricultura y la ganadería y comenzaron a crear poblados más estables y a medir los ciclos estacionales.

Las presagios le anunciaban que caería de la misma forma que Urano, a manos de uno de sus hijos, así Cronos se volvió un feroz tirano que devoraba a sus hijos al nacer. De esta forma su arquetipo asumió el arquetipo del tiempo lineal y de la muerte, en su aspecto implacable que todo lo devora. Pero Rea, encarnación de la diosa primigenia, de la energía madre de todas las formas,  salvó a Zeus de ser devorado por su padre.

Hay una relación lingüística de su nombre, Saturno, con Sata – sembrador, y con Sator – rico, abundante y fértil. Es el labrador divino con su herramienta simbólica, la hoz o la guadaña. En Roma se le ofrecían las Saturnales, durante las cuales se interrumpían las actividades  públicas, se aplazaban las ejecuciones y se liberaban algunos presos. Esclavos y amos cambiaban los papeles y durante unas horas, los esclavos vestían las galas de sus amos y eran servidos en sus mesas. Se permitían las loterías y juegos de azar, que en otras épocas estaban prohibidas, y el dios era liberado de una cinta de lana que lo rodeaba durante el año y que impedía que abandonara la ciudad llevándose la prosperidad. Se le ofrendaban sacrificios y se celebraban banquetes públicos que propiciaban la vuelta a la Edad de Oro perdida.

Saturno ‑ Cronos es la sabiduría nacida de la experiencia. Después de haber caído y vuelto a levantarse, el humano reflexiona y aprende sus lecciones, se acerca a la tierra que le dio nacimiento y se reconoce todo y parte con ella. Abandona las arrogancias del ego infantil y madura, descubriendo la profundidad y el valor de la vida. Aprende a reconocer sus retos, a no pelear con los obstáculos y a convertirlos en oportunidades de aprendizaje. Aprende a sembrar y alimentar su camino con la voluntad y la disciplina. A desbrozar lo que no es, lo que no le corresponde o ya está fuera de su ciclo, y a reciclar para alimentar su Tao de confianza. Es por eso creador y destructor. Sabe de la necesidad de aceptar el orden de la naturaleza y sus ciclos; reconoce sus señales y sabe leer sus mensajes y aprovecharlos para la siembra y la cosecha.

Reconoce la llegada del tiempo yermo y se prepara para el tiempo fértil y creciente. Sabe de la necesidad de los límites, del esfuerzo de la voluntad, de las renuncias y restricciones que permiten encauzar la energía para alcanzar su máxima productividad y excelencia. Tiene el conocimiento del espacio y el tiempo, las cuatro dimensiones de la realidad física, y de las puertas que  conectan con el caos creativo. Por eso en sus fiestas, todos cambiaban los papeles y se volvían locos por unos días, saltando y desmadrándose para despertar la fuerza pura que vive en las encrucijadas del año.

Cronos era una personificación del tiempo que con su hoz, nos recuerda el tiempo terrestre e implacable, y a la vez la utilidad y habilidad que estimulan la fertilidad y la vida.

De Cronos nació Pan, arquetipo de los bosques y prados, de la naturaleza en su aspecto salvaje y de los pastores y rebaños. Con cuerpo mitad de hombre y mitad de macho cabrío, y siempre acompañado de un perro, representa la otra cara de Saturno, su aspecto maléfico, su parte bestial y diabólica que despierta nuestros miedos, y que más allá de las apariencias, es siempre un aviso, una señal; el recuerdo de que esto también pasará, que nos calma en las dificultades y nos recuerda disfrutar de lo bueno, porque también pasará.

Donde Saturno aparece en nuestro mapa celeste, presenta su aspecto de restricción, límites y obligación. Sus retos y pruebas de madurez en nuestra vida, pero también su otra cara de aceptación y vivencia del presente que es semilla de plenitud. Su propuesta de madurez nace de ser conscientes de nuestra responsabilidad, de la importancia de la voluntad para asumir nuestras elecciones y sus esfuerzos, y de ser capaces de llevarlos a la realización. De aceptar el tiempo como energía y como herramienta, y caminar la vida con la muerte, compañera ineludible, que nos recuerda vivir en el presente con autenticidad y presencia, llave de todos los saltos dimensionales y conscientes que podamos imaginar.

Detrás del misterioso anciano que camina con la guadaña, asoma Pan con su siringa, rodeado de personajes carnavalescos y alegres que cantan chirigotas en las fronteras del día.

QUIRÓN

En 1977, el astrónomo Charles Kowal localizó un objeto  con una órbita extraña y diferente a la de los demás planetas. El nombre que se le puso al nuevo planeta, Quirón, era en la mitología hijo de Saturno y nieto de Urano, y la órbita del planeta descubierto camina de una forma excéntrica entre ambos planetas.
Su historia cuenta que Saturno se enamoró de la oceánide Philira, pero ella lo rechazó y para escapar de su acoso se transformó en yegua, con lo que Saturno se transformó en caballo y consiguió su objetivo; de esta violación nació el centauro Quirón. Philira, al ver el hijo que le había nacido, mitad hombre y mitad caballo, lo abandonó. Como era hijo de un dios y por lo tanto un inmortal, Apolo lo recogió y lo educó en las artes, la música, las ciencias y la medicina. Se convirtió en sabio y maestro. Como centauro que era, vivió cerca de los demás centauros, que lo respetaban por su sabiduría. Un día, durante una boda, los centauros habían sido invitados y se emborracharon, trataron de raptar a las mujeres y de violar a la novia. Así comenzó una batalla contra los centauros en la que Hércules, en un descuido, disparó una flecha envenenada que hirió a Quirón en la rodilla. Hércules, que había sido su discípulo, se arrepintió y trató por todos los medios de curarle, pero sólo logró aliviar su dolor,  no sanar la herida, que ni siquiera el mismo Quirón pudo curar con su sabiduría. La herida de Quirón tomó su naturaleza inmortal y se volvió incurable. Quirón entonces se retiró a su cueva deseando una muerte que su condición de inmortal le impedía.

Pasado el tiempo, Hércules pidió a Zeus el perdón para Prometeo, encadenado por haber robado el fuego a los dioses, y Zeus se lo concedió con  dos condiciones, que Prometeo siguiera llevando una cadena simbólica representada por un anillo, y que un inmortal se pusiera en su lugar. Hércules recordó a Zeus que Quirón quería ceder su inmortalidad por los padecimientos que su herida incurable le producía y Zeus aceptó la propuesta, de esta forma Quirón podía terminar su vida en la tierra y liberar a Prometeo. Zeus compadecido liberó a Quirón después de nueve días y lo convirtió en la constelación del Centauro.

El Quirón astrológico nos habla de aquellos aspectos en los que podemos ser más instintivos e irracionales, pero también nos habla de aquello que podemos transcender convirtiendo el instinto en intuición y alcanzando así una sabiduría propia, nacida de alguna experiencia de sufrimiento que nos obliga a aceptar nuestra condición más humana, nuestro dolor, debilidad,  la “sombra”. Nuestro aspecto Quirón renace de sus zonas oscuras y doloridas  transformado en un ser nuevo y diferente, mas allá de las reglas comunes del mundo que le rodea. Con su dolor transformado en energía y creatividad de cualidad única, que guía e ilumina a los demás y les ayuda a liberarse, como a Prometeo. Por eso Quirón es el maestro, el verdadero terapeuta, el que nos ayuda a comprender el dolor de otros a través de la aceptación y comprensión del propio dolor.

Quirón fue rechazado por su madre y representa aquel aspecto en el que podemos sentir algún tipo de herida o rechazo social. Pero recibió ayuda de dioses como Apolo, Atenea o Zeus, lo que indica que también nuestro Quirón interno encuentra ayuda cuando vamos mas allá de nuestros prejuicios y nos permitimos conectar con nuestra psique y sacamos a la luz, no solo el dolor y sus traumas, también el poder de los arquetipos que la habitan y que son herramientas de crecimiento y sabiduría si los dejamos aflorar a la conciencia. Representa experiencias que nos causan dolor y que van a ser muy importantes para nuestra evolución, es por eso que su símbolo es el de una llave.

Su órbita, situada entre Saturno y Urano, y su aparición tan reciente, cuando una nueva cultura y un nuevo paradigma se fraguan en medio de las crisis, nos hace pensar en la posibilidad de utilizar esta llave para entrar en otros niveles de evolución, más inclusivos, comprensivos y sabios, los de la consciencia despierta.

Como maestro de los héroes, despierta el héroe que llevamos dentro. El Chamán, que en los rituales de las culturas indígenas era iniciado mediante la superación de pruebas físicas y psíquicas, como forma de abrir la puerta del conocimiento verdadero. La herida de Quirón era incurable y sólo a través de la muerte era capaz de superarla. El reconocimiento y la consciencia implican la muerte de un aspecto anclado en nosotros, la vieja piel, la veaja máscara, ese aspecto del ego que se aferra y es ciego a una mayor comprensión.

Por la excentricidad de su órbita, Quirón es distinto, busca su propia forma de hacer las cosas. No destruye lo establecido pero sigue su camino e influye en los demás, aunque no sea esa su pretensión, ya que otros descubren la forma especial que tiene de resolver sus problemas y les sirve para reconocer su propia individualidad original. Del umbral cerrado de Saturno a la apertura de Urano, nos ayuda a traspasar la puerta superando el trauma que esto puede significar.

Es aquél aspecto en el que nos hemos sentido rechazados o diferentes y esto nos ha provocado dolor y una herida que nos cuesta reconocer, porque nunca podremos curarla. Cuando tomamos conciencia de esta herida y aceptamos su presencia y ese dolor profundo que nos late en la vida, solo nos queda aceptación y comprensión hacia ese dolor, esa es precisamente la llave de Quirón, la que nos permite descubrir algo que esa herida estaba escondiendo, algo que no es otra cosa que nuestra propia singularidad y originalidad que, al cruzar el umbral  sale a la luz y nos define como únicos y maestros en nuestra honestidad interna.

Quirón viene de “mano” en griego. La mano que expresa nuestra madurez, conocimiento y habilidad, la mano que es la fina herramienta de la inteligencia despierta.

URANO

La Noche fue cortejada por el Viento y de su unión nació un huevo de plata del que nació Eros, la fuerza de atracción que puso en movimiento todo el Universo.

Urano nació de Kaos, que contenía todas las semillas y todas las posibilidades, o pudo ser el mismo Kaos, encrucijada de potencialidades. O hijo también de Nix y asociarse con su hermano, Eros, para fertilizar la Tierra, Gea, y dar nacimiento a todos los seres que la habitan. O más bien Gea, nacida del Kaos, comenzó a engendrar sola y dio a luz a Urano, el Cielo, a las montañas y el mar, Pontos. Mientras Gea dormía era fecundada por el Cielo/Urano y de esta unión nacieron muchos hijos, algunos de ellos seres monstruosos como los Cíclopes de un solo ojo, que trabajaban en las fraguas de los volcanes y entre los rayos de las tormentas.

También nacieron los Titanes y las Titánides, como Océano y Tetis, que se casaron y dieron a luz más de tres mil hijos, entre ellos a Luca, la primera molécula de la vida. Como Hiperión, el viejo sol, que caminaba en las alturas y  se casó con Teia, la diosa del brillo y la vista, y dieron a luz a Helios, Eos y Selene. Mnemósine, la diosa de la memoria, era también una Titánide, madre de las Musas.

Gea, cansada de parir todo tipo de seres y de los excesos de Urano, ofreció una hoz a sus hijos para que lo eliminaran. Sólo aceptó Cronos la tarea y durante la noche, mientras Urano fecundaba las entrañas de la Tierra, segó de un tajo sus testículos, parte de los cuales cayeron al mar fecundando la espuma de sus olas, de las que nació Afrodita. De la sangre derramada sobre la tierra nacieron las Erinnias y los Gigantes.

Cronos, el Titán del tiempo, obediente a la madre Tierra, se convirtió en el nuevo dios del nuevo orden que, casado con su hermana Rea, trajo las leyes del tiempo y la cosecha. Pero Urano sigue habitando las profundidades del inconsciente como arquetipo del caos, la chispa de la creación.

Urano fue descubierto por Herschel en 1781. De tono verdoso y cubierto de nubes, es un planeta lento que tiene una revolución sidérea de 83,45 años, y da la impresión de que camina tumbado, pues se ve como un pequeño disco ligeramente achatado.

Urano, como hijo de Kaos, es el que está antes de todo, es la chispa del big band. Es la respiración del cosmos, es Visnú, el océano de energía. Es el aliento divino y el verbo que se hizo carne. Es la idea inicial, la iluminación repentina, la liberad creadora, la inspiración y la revelación, y con Eros, su hermano y aliado, es la fuerza electromagnética, la fuerza nuclear, el campo cuántico, las nubes cargadas de lluvia, la fuente de todas las semillas, el impulso originario a la creación.

Urano es el hacedor de lluvia y como tal,  hace 3.900 millones de años, el vapor de agua acumulado en la atmósfera se condensó y comenzó a caer en forma de lluvia que durante unos dos millones de años acabó cubriendo las tres cuartas partes de nuestro planeta y formó los mares y océanos.

Es la fuerza creadora e imparable del Universo, la energía pura que destruye para seguir creando. Es la renovación continua de la vida. Es la mente abstracta, la intuición que aparece como un rayo de claridad e inspiración y abre a nuevas posibilidades y experiencias. Es la fuerza creadora de la energía en continuo fluir y trasformación. Es la originalidad, la creatividad, aquel aspecto en el que somos únicos.

Urano es nuestra capacidad para innovar y aportar algo diferente al mundo.

NEPTUNO

Poseidón fue uno de los hijos de Saturno, rescatado del vientre de su padre por Zeus. En el nuevo reparto de poderes del mundo, a Poseidón/Neptuno le correspondió el dominio de los mares y océanos, aunque él no quedó nunca contento porque le fueron negadas las ciudades portuarias, que consideraba parte de sus territorios, y muchos ríos y manantiales. Esto significó innumerables litigios que siempre terminaba perdiendo ante el tribunal de los dioses. Al final quedó relegado a su isla de la Atlántida y a su palacio en el fondo de las aguas, algo que vivió como un desengaño y una especie de destierro, ya que aunque sus aguas alimentaban y daban riqueza a las tierras que las circundaban, él no tendría nunca ningún poder sobre esos mundos sólidos en los que habitaban los humanos. Su mundo estaba poblado de seres fantásticos de las profundidades, como los monstruos marinos y las sirenas, y solo en sus pequeñas cáscaras de nuez lo paseaban los humanos que se atrevían a surcar sus abismos y desafiar sus humores.
Casó con la oceánide Anfitrite, aunque tuvo muchas amantes a las que seducía o violaba transformado en algún animal de los de su corte, caballos, toros, delfines y tritones.

Teniendo en cuenta que él era un dios colocado por el nuevo orden de los dioses patriarcales, Neptuno tuvo que aliarse con todas las ninfas de las aguas, que reinaban en ellas desde el origen, y someter a la diosa primordial del Mediterráneo, Talasa, que fue madre de los peces y del mar Egeo. Y sobre todo a Thesis, una titánide que se convirtió más adelante en la diosa Tetis, diosa del mar de los orígenes donde nació la vida, y que también fue conocida como Metis, la diosa de la sabiduría. Thesis surgió al comienzo del universo y con Océano tuvo a Chronos (el dios del tiempo, más adelante convertido en Saturno), Ananké (la madre de las Moiras), a Poros (el principio de las cosas y la oportunidad), a Penia (pobreza) y a Tecmor (el fin de las cosas).

A muchos antiguos tuvo que encarnar Neptuno, algunos difíciles, como la disolución en la muerte y la pena que la acompaña. Y su propia decepción, la de un arquetipo atrapado en la nueva ley patriarcal y marciana, construida sobre criterios de dominio. Pensó que con esa fuerza podría conquistar una felicidad que siempre se le escapaba, porque había olvidado la sabiduría de la diosa Metis, la que conoce que la felicidad nunca está fuera de uno mismo.

Tremendo aprendizaje del nuevo arquetipo de Neptuno, que ahora necesita tomar toda esa valentía para navegar en las aguas profundas de su propio inconsciente personal; atravesar  las capas de la familia y la tribu ancestral,  de la memoria colectiva, y unirse a su aspecto femenino y recuperar su sabiduría original para alcanzar la conciencia de ser. Por eso se le asoció con animales como el toro de Creta, el hermoso toro blanco que Poseidón regaló al rey de Creta, para que le fuera entregado en sacrificio, y que el rey, celoso y arrogante de sus éxitos, no quiso sacrificar. Neptuno lo castigó de forma terrible haciendo que su esposa, Pasifae, se enamorara del toro. Con la ayuda de Dédalo, el arquitecto del palacio, Pasifae quedó embarazada del animal y dio a luz al Minotauro, mitad humano y mitad toro,  que creció encerrado en el  laberinto, y al que cada año había que entregar un grupo de jóvenes para ser devorados por el monstruo. Arquetipo del laberinto en que se convierte el inconsciente cuando se vuelve saco de culpas y vergüenzas, que se trasforman en monstruos y reclaman su parte de energía, agotando las posibilidades para desarrollar la propia individualidad única y consciente.

Si Neptuno se entrega a  sueños irreales y  pierde  su energía, queda agotado y se abandona a largas melancolías, adicciones varias, al dramático romanticismo, y se convierte en víctima de sus propios juegos.

Otro de sus hijos  fue Pegaso, el caballo alado, que engendró al violar a la bella Medusa, la de hermosos cabellos, que servía como sacerdotisa en el templo de Atenea. Poseidón quedo prendado y la violó allí mismo en el templo, lo que provoco la ira de Atenea, que en vez de castigar al dios violador, castigó a la pobre Medusa convirtiendo sus cabellos en serpientes, y a ella en una nueva Furia, capaz de convertir en piedra  a aquellos que se dejaban atrapar por su mirada.

Un caballo volador, hijo de un dios atrapado en sus emociones y sus pasiones, injusto e inestable, perdido en sus derrotas, olvidado de sus orígenes. No es raro encontrar a neptunianos errantes, con dificultad para crear arraigo, enlazados a sueños que no terminan de hacerse realidad porque no encuentran territorio en el que asentarse y crecer.

También intentó seducir a Selene, su amor platónico, a la que confundía con su reflejo en el mar, por lo que siempre que intentaba abrazarla se le escurría entre las manos. Enamorado de ilusiones, de publicidad engañosa, de fantasías de redención ofertadas por gurús varios,  de reflejos para escapar de la realidad. Neptuno habitaba un mundo de fantasías y apariencias, de proyecciones que lo enredaban en luchas y angustias, lo sumergían en el destierro y la decepción, y a ratos, en la sublimación y el ensueño, un mundo de cantos de sirenas.

En su aspecto más real era el dios de los navegantes y de los seísmos y terremotos, de las tempestades marinas, las inundaciones y las sequías. Navegaba en su carro de caballos blancos  acompañado de delfines, y con su larga barba se paseaba por las profundidades y abismos marinos, el mundo surrealista del inconsciente en el que nos adentramos al soñar.

Las emociones con sus tormentas, las fantasías e ideales utópicos, la confusión, la huida de la realidad, los velos del autoengaño y la mentira. La puerta de otros mundos y antesala de la muerte, instantes fronterizos en los que podemos recuperar la memoria de nuestro ser real y experimentar aceptación y comprensión, y recuperar la valentía de ser y enfrentar los miedos, y lanzarnos a recorrer los resbaladizos pasadizos internos.

Una leyenda cuenta que al morir, las almas tienen que beber de la fuente del olvido, perdiendo así la memoria de su anterior vida para volver a comenzar en otra sin recuerdos, y que sólo los héroes sabrán distinguir entre las dos fuentes que se encuentran en el mundo infernal, más allá de la muerte, y beber de la fuente de la verdad, que permite conservar la memoria y entrar en una nueva dimensión de consciencia espiritual. Otra posibilidad que Neptuno representa, pero a la que solo se llega a través de la aceptación, la humildad, la comprensión y la empatía. Cuando nos reconocemos en el juego de espejos, cuando recuperamos nuestras proyecciones y descubrimos los miedos y emociones que esconden, cuando nos atrevemos a ser nosotros mismos más allá de los monstruos que construye nuestro ego. Una antigua posibilidad de los humanes, recuperar su conexión con la energía, conectar con el fluido de la naturaleza y sus ciclos, reconocer su misterio y ser en él, ser y desaparecer en la danza del océano cuántico.

La primera molécula nació en la matriz de los océanos, que se formaron después de  inmensas explosiones volcánicas en las que la tierra paría a los Titanes, grandes rocas envueltas en fuego y lava que fueron cargando la atmósfera de gases, que después precipitaron en lluvia durante miles de años. En esa matriz oceánica nacía la vida y a esa matriz vuelve en la disolución cíclica. Todas las formas nacen y mueren en el océano cuántico donde gobierna Neptuno , que es también Metis, la diosa de la sabiduría.

Allí donde Neptuno se encuentra puede que nos dejemos atrapar por ilusiones o engaños, o por el propio autoengaño. Por adicciones y otras sectas, intentando huir de la realidad.

Montados en su carro de caballos podemos surcar las aguas del inconsciente y viajar al fondo de los sueños. Podemos experimentar la verdadera intuición, la sensibilidad, la compasión, la vulnerabilidad. Podemos descubrir otras formas de percepción, la música, la poesía y el arte. A veces la puerta a esos estados es la saudade, esa melancolía inesperada, la nostalgia o la genuina tristeza, que nunca es autocompasión, y que nos acerca a la comprensión profunda de la vida.

Tanto si queremos como si no, Neptuno/Poseidón nos descubre la verdad velada, la que aflora en momentos de crisis donde es irrenunciable la sinceridad interna.

En Roma, las fiestas de Neptuno eran las Neptunalias, que se celebraban para evitar las sequías. Por eso en Roma, Neptuno tenía como atributo, además de su tridente, la cornucopia, símbolo de abundancia.

El mar, los líquidos, la música, el cine, la televisión, el teatro. Fascinación, sueños, apariencias, decepciones, espiritualidad, ideales, mística, presentimientos. La niebla, el petróleo, el misterio, anestésicos, halagos. Intangibles, fragancias, intuición, poesía, baile, colores. Las drogas y las adicciones, el alcohol. Hipocondría, sonambulismo, trances, hipnosis, inmaterialidad. Lo sutil y gradual. El agua y los líquidos y todo lo relacionado con ellos en la naturaleza.

Neptuno en el mapa natal nos dice en qué aspecto tendemos a engañarnos a nosotros mismos o a los demás. Dónde tendemos a idealizar la realidad, dónde está  más abierta nuestra percepción sutil y a la vez somos más vulnerables, incluso a veces dependientes. Dónde nos sentimos víctimas. Dónde las mareas profundas del inconsciente personal y colectivo afloran y a veces estallan en tormentas. Dónde está lo incontrolable y también la puerta hacia el autoconocimiento  y la sabiduría profunda.

PLUTÓN

Hermano de Zeus y Neptuno, colaboró en la lucha contra los titanes con su casco de piel de perro, que lo volvía invisible. Cuando Zeus repartió el mundo, le concedió a Plutón los dominios del mundo subterráneo, el Tártaro, donde Caronte con su barca, cruzaba a las almas la laguna Estigia, y Cerbero, el perro de tres cabezas, guardaba las puertas del infierno.

Según cuenta la leyenda, Perséfone, hija de Deméter, la diosa madre, fue raptada por Hades mientras paseaba con las ninfas, y más tarde se convirtió en su esposa. Perséfone, según sigue contando la leyenda, se enamoró de su raptor y se fue a vivir al Tártaro, lo que provocó en su madre una profunda depresión que sumergió la naturaleza en un largo período de oscuridad. Cuando la situación se volvió insostenible, Zeus intervino para hacer un pacto con Hades y Perséfone, de esta forma, ella pasaba seis meses al año con Hades en el Tártaro y seis meses con su madre en la superficie de la tierra.

La historia de Perséfone relata el ciclo de las estaciones y de la semilla, que cada año se sumerge en la oscuridad para después brotar, florecer, dar fruto, y volver otra vez a sumergirse como semilla en la tierra.

Hades, el Invisible, o Plutón, el Rico, poseía también el dominio de los metales y piedras preciosas y de los tesoros ocultos. Se le temía y a la vez invocaba porque su poder generaba los procesos químicos que devolvían a la tierra sus nutrientes.

En el origen, eran la propia Perséfone y su compañera la triple Hékate, las señoras del inframundo, las que regían los ciclos de la vida y de la muerte y guardaban la sabiduría de la verdad última de todas las cosas, la verdad escondida en las fuerzas de la naturaleza y los elementos que componen la vida.

Con el rapto de Hades a Perséfone, simbolizamos en nuestro inconsciente las transformaciones nacidas con el dominio masculino en la edad de Hierro. Pero en el carácter profundo del arquetipo, Hades sigue siendo aliado de la diosa naturaleza. Por eso es a la vez invisible y real, más allá de las ideas e interpretaciones humanas, más allá de la propia existencia de los humanos, en el mundo de las fuerzas que subyacen a cualquier manifestación, y nos recuerda nuestra pertenencia a la naturaleza más allá de nuestro control.

Perséfone es también la diosa del laberinto cuando se viste de Ariadna, señora de la transformación, en el encuentro con la propia oscuridad y con la verdad de ser.

El Plutón astral nos conecta con la realidad y la verdad porque nos enfrenta con algún aspecto oscuro, aquello que no queremos mirar, el monstruo en el centro del laberinto que se viste de obsesiones, dependencias, envidias, celos, manipulación, ambición y luchas de poder, y al que algún día tendremos que hacer frente, agarrados al hilo de Ariadna, en un viaje de crisis y de muerte que será la puerta hacia el centro del ser, el lugar del tesoro escondido que guarda Hékate con el perro de tres cabezas, ese lugar de la verdad que asoma en la madurez de la iniciación.

De este viaje podemos renacer más verdaderos, centrados y auténticos, o morir. Podemos renacer como Psique, a la conciencia despierta y el amor verdadero en fusión con Eros, el que está más allá de todas las pasiones egoicas, o desaparecer como Eurídice, atrapada en el deseo, la impaciencia y la ambición de Orfeo.

El espíritu atraviesa el infierno antes de emprender su camino hacia la luz.

Allí donde Plutón se manifiesta, la humanidad entera se enfrenta al uso del poder para sacar a la luz el engaño y descubrir el secreto del verdadero tesoro.

Plutón nos enfrenta con los monstruos más terribles para descubrir que son ilusión y que la verdad está en la vida, más allá de toda manipulación que queramos ejercer sobre ella.

Plutón destruye aquello que inevitablemente ha de morir. Al mirar de frente su verdad, descubrimos aquello que es inmortal e invisible, el oro puro de los alquimistas, la energía pura, fuente de toda creación. Es la fuerza que late en el fondo del inconsciente y que pugna por salir a la luz destruyendo todas las mentiras personales o sociales. Es el fondo de energía universal al que todos estamos conectados y del que nacen todas las manifestaciones. Es la gravedad, la misteriosa fuerza que nos mantiene sobre el planeta. Es el poder en su sentido profundo, el poder de la naturaleza, de las fuerzas físicas, de la energía. Es el electromagnetismo y las fuerzas nucleares. Es el poder de la riqueza interior, del deseo y la muerte en su ciclo necesario y continuo de destrucción y recreación de la vida.