Origen

Luna era men o mene en griego, de donde nace la palabra mensis, que significa mes en latín.

Una luna era un mes de veintiocho días en los que la Luna realizaba su ciclo de cuatro fases de siete días, de los que nació la división del mes en semanas de siete días.
Conocer las fases de la Luna y sus ciclos era fundamental para la  supervivencia, porque permitía predecir los ciclos de los animales y plantas y organizar la caza, la recolección y posteriormente el cultivo y la ganadería.

Algo tan determinante para la vida, el tiempo cíclico en la naturaleza, no ha perdido su importancia en nuestras vidas, aunque ya no sepamos cómo utilizarlo. Por eso es importante recuperar la conciencia del ciclo lunar, porque supone recuperar nuestro diálogo con la naturaleza y tomar las riendas de nuestro propio ritmo vital.

La Luna cada mes enlaza su luz con la del Sol y nace, crece, llega a su plenitud, decrece y muere, y como todo lo que existe, reproduce el ciclo eterno en un tiempo inmediato y cotidiano.

La Luna nace cuando llega al mismo sector del cielo en el que está el Sol, entonces no la veremos y será una noche oscura porque se interpone en línea entre la tierra y el sol y éste ilumina solo su cara oculta. A ese momento lo llamamos Luna Nueva y es el comienzo del mes lunar.

Dos días y medio después la veremos aparecer en el cielo en forma de cuerno, cuenco o D, esa lunita fina que nos sorprende al atardecer. Es el primer día de Luna Creciente o lo que podemos llamar Luna Semilla.
Ese momento contiene una gran energía y se consideraba el mejor para sembrar, iniciar proyectos, celebrar bodas o comenzar edificios.

Durante los doce días siguientes la luna seguirá creciendo hasta convertirse en Luna Llena. Después entrará en su fase menguante hasta volver a desaparecer en el cielo para su nuevo encuentro con el Sol en la Luna Oscura.

El ciclo de la Luna se repite trece veces aproximadamente en el año solar.

Hacer conscientes los ciclos de la Luna nos sirve para conectar con nuestro reloj biológico, abrir un diálogo entre nuestro cuerpo y el planeta, conectar nuestro mundo interno con el flujo de acontecimientos externos y descubrir  sincronicidades que nos sirvan para reconocer lo importante.

El diálogo con el ciclo de la Luna nos conecta con la realidad del presente, ilumina nuestro camino y nos ayuda a reconocer la forma de acción.

Cómo se hace:

En un calendario lunar buscamos la fecha de la Luna Nueva y contamos dos días y medio después, ese es el día de la Luna Semilla. Durante ese día buscamos unos minutos de tranquilidad para estar solos y meditar en silencio, para escribir, oír música, dibujar un Mandala.

Contemplar el cielo a través de la ventana, tomar un té caliente, observar lo que nos está pasando, cómo nos sentimos, qué expectativas tenemos, qué miedos o frustraciones están activas, qué problemas están por resolver, qué cosas queremos cambiar…

Unos minutos de ese silencio elegido nos permite ver lo que tenemos delante, aunque a veces basta con preguntarnos con sinceridad: ¿Qué me pasa ahora?  ¿Qué quiero resolver? ¿Qué quiero aprender? ¿Qué quiero para mi vida en este momento?

Crear nuestra Agenda Lunar, con un momento de conexión cada mes en la Luna Semilla, nos ayudará a tejer nuestro tiempo presente y, más allá de que ese ritual pueda facilitarnos materializar proyectos, nos pondrá en contacto con nuestra realidad, aquella en la que está escondida la verdadera semilla, el verdadero potencial de creación y felicidad.

 

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