Origen

LUNA NUEVA DE LEO

Luna Nueva del 19 de agosto a 27º de Leo.

Leo es el signo que simboliza la etapa adolescente de la vida, ese tiempo mágico y terrible en el que el niño pasa de su estado indiferenciado y dependiente al estado diferenciado e independiente. Un tránsito intensamente creativo, lleno de potencia y energía en la etapa del despertar de la sexualidad, con todos los cambios hormonales, la transformación física que significa y el extrañamiento que produce, porque además el cerebro crece y empieza a desarrollarse la propia identidad.

Todo se mezcla y se confunde en esa época en la que las emociones están a flor de piel y la necesidad de autonomía puede convertirse en una lucha contra las figuras de autoridad. El universo infantil deja de tener sentido y surge un vacío existencial que lleva a la búsqueda de nuevos referentes fuera del entorno familiar, nuevas relaciones que nos retan y nos inician en las alegrías y traumas de la vida social.

Mientras nuestra confusión aumenta, junto a las transformaciones físicas y la pérdida de comunicación con el entorno habitual, crece y se desarrolla el ego, con todo tipo de fantasías que tienden a sublimarse frente al mundo.

En este tiempo somos a la vez reyes y mendigos, reyes de ese nuevo territorio íntimo y mendigos de reconocimiento, de aceptación y de estímulos. Inundados de nuevos deseos, atrapados en nuevos juegos, invocados por la familia para ser lo que esperan de nosotros; arropados por la pandilla, ese grupo del que no podemos prescindir porque nos confirman diferentes a la mayoría, nos aplauden el ego o nos retan a demostrar quienes somos.

Es quizás el tiempo más innovador, creativo, emocionante y mágico de la vida, pero también el más aterrador. Como todo tiempo de transición y mutación es acechado por los demonios de las encrucijadas, aquellos de los que el Hermes Psicopompo, el Mercurio astrológico, protege a los viajeros.

Algunos de esos monstruos nacen dentro, con la inundación de hormonas que nos llena de dudas y de confusión. Otros están fuera, ávidos seductores de sueños y de cuerpos jóvenes, dispuestos a robar la inocencia, a manipular las mentes y a encarcelar las emociones. El otro es el dragón del origen, aquella figura maternal y andrógina que nos trajo al mundo, con su dolor y su miedo al ver que nos acercamos a la frontera del bosque, con sus fantasías sobre nuestro futuro. Una cabeza del dragón está asociada a la Luna, a la madre, la otra cabeza a Saturno, el padre. Ambas cabezas se colocan en el pedestal de nuestra cuna. Pero se acerca el tiempo de cruce que nos llevará al estado adulto, un tiempo semilla en el que se dibuja y diseña la vida posterior, un diseño que por desgracia ningún rey o reina adolescente puede valorar porque su energía está en ese juego entre la confrontación y el estímulo. Las dos fuerzas internas nos empujan para que salgamos de la dependencia infantil y caminemos hacia el bosque, hacia esa prueba iniciática de la que nadie escapa, pero que algunos retrasan demasiado.

Caminar fuera de la cuna está lleno de peligros, aunque no estábamos exentos de peligros en la cuna, pero los peligros más allá del nido son mucho más inquietantes porque están relacionados con nuestras propias elecciones y decisiones, y no todos atraviesan esta puerta. Es la primera etapa, la que se activa de la forma más instintiva e inconsciente.

En la siguiente etapa comenzamos a caminar más allá de la cáscara del ego para poder ver al león en la selva, entrar en el bosque oscuro y enfrentarnos al misterio. De esta forma podremos descubrir la potencia única y creativa que encierra nuestra transformación.

No todos atraviesan las dos primeras etapas, y no todos cruzan la frontera de bosque, la tercera etapa, algunos se quedan dando vueltas a la espesura, en esa franja entre lo conocido y lo desconocido.

De esto trata esta Luna Nueva de Leo, un signo asociado al tiempo central del verano, al máximo calor, a la canícula, a esos días a veces de fiesta y desmadre, a veces de descanso y muchas veces de estrés, de bajada de defensas, de cansancio. Un tiempo en el que el sol exalta su luz, que inunda todos los rincones, antes de comenzar su lenta despedida hacia el otoño, hacia el bosque profundo, hacia su maduración en el invierno en Capricornio y su descubrimiento, su revelación, su sabiduría nueva que derramará sobre la tierra con la Luna Nueva de Acuario.

Todas las etapas de la vida, con sus cualidades y asignaturas pendientes, laten en las siguientes, pero cuando hemos cumplido con cada una de ellas y hemos podido atravesar el bosque y madurar, podemos reconocerlas y abrazarlas, y recuperar su magia, valorar su fuerza, reconocer sus obstáculos y su valentía. Caminar por una playa al atardecer y emocionarnos al ver a las gaviotas levantar su vuelo frente al sol.

Leo nos recuerda cada verano a esa niña/niño adolescente, caótico a veces, soñadora otras. Confuso al saltar lleno de ira, confrontando otra vez a los dragones, o atrapada en los lazos de la cuna, sin terminar de romper la cáscara del nido, o en los lazos de un ego irritable, defensivo y consentido; o rondando otra vez la espesura en la linde del bosque; o dentro del bosque, enfrentando a ese monstruo que se alimenta de la decepción, del abandono del sí mismo y de la renuncia a ser.

Cada verano contiene en este tiempo un cruce y una transformación. En parte porque la semilla de algo nuevo, que anunciaba el año en Acuario, da su fruto ahora; en parte porque la canícula nos adentra en un sin tiempo y retarda las acciones cotidianas, y en parte porque este es el tiempo de la adolescencia, de los descubrimientos, de la pasión secreta, de los cuerpos al aire, de las largas tardes sin la mirada vigilante.

Pero este año, este tiempo de Leo anuncia un tiempo más grande, más ancho, más largo, un tiempo simbólico, un cruce, un nuevo ciclo dentro del ciclo mayor del Gran Año de 25776 años, que es el tiempo que tarda el eje de la Tierra en completar la precesión de los equinoccios. En ese tiempo el punto vernal cruza, caminando hacia atrás, por cada una de las doce constelaciones del zodíaco.

Cuando se elaboró la astrología el punto vernal, en el 21 de marzo, correspondía a la constelación de Aries, el signo asociado al equinoccio de primavera, mientras Libra era la constelación del equinoccio de otoño. Ahora es Piscis el que preside la entrada de la primavera y en un futuro será Acuario, un futuro lejano desde el punto de vista astronómico, por lo que volvamos al sentido simbólico de la práctica astrológica, al uso de los símbolos como marcadores de nuestra interpretación inconsciente del mundo.

Desde este punto de vista simbólico, y más allá de ideas esotéricas y apocalípticas, las eras pueden servirnos para enfocar la historia de la humanidad desde los símbolos de cada época y sus paradigmas culturales asociados.

Si dividimos la cifra de 25776 años entre los doce signos del zodíaco nos dará 2148 años, el tiempo aproximado que puede asociarse a cada era. Podemos situar la transición entre la era de Tauro y la era de Aries unos 2500 años a.C., cuando nació la Astrología en los primeros imperios de Egipto y Mesopotamia, entre la Edad de Bronce y la Edad de Hierro. Aries representa el nacimiento de los estados y religiones del paradigma patriarcal, con sus dioses del cielo y sus héroes guerreros. Los símbolos en el arte y en los rituales ensalzaban el poder masculino, la guerra, las conquistas y el sacrificio de animales, con el carnero como animal sagrado.

La era de Piscis llegó entorno a 500 años a.C., con las primeras señales de una búsqueda filosófica y espiritual más allá de las dinámicas guerreras de la Edad de Hierro. Lao-Tsé y el taoísmo, con el Tao Te King, aparece en torno al siglo VI a.C; En el siglo VI a.C. nació Siddharta Gautama, el Buda, y el budismo. La filosofía griega emerge con Tales de Mileto en el año 624 a.C.; Pitágoras en el año 569 a.C.; Parménides de Elea en el 530 a.C.; Sócrates en el 470 a.C.; Platón en el 427 a.C.; Aristóteles en el 384 a.C.; En el año 6 a.C. pudo nacer Jesús, Cristo, y el cristianismo.

Tales de Mileto decía que el agua era la sustancia primordial de la que nacían todos los seres, y el pez fue un símbolo de los primeros cristianos. Con la era de Piscis la entrega y el sacrificio en aras de la redención en otra vida se extendieron por el planeta, otra vida más allá de la materia en esferas espirituales y muy platónicas.

Esta era de Piscis está en su final, aunque el punto vernal, el equinoccio de primavera, se sitúa astronómicamente en los últimos grados de Piscis, cerca ya de la constelación de Acuario, donde todavía tardará unos años en llegar. Nos acercamos a otro cambio asociado con importantes cambios climáticos y con ellos a mutaciones y transformaciones colectivas. Acuario es el signo del aguador, una figura que vierte agua con un cántaro desde las esferas celestes hacia la tierra. Simboliza el cielo, la atmósfera terrestre con los cambios que se producen en ella y que afectan a su superficie. Su símbolo ondulado puede recordar unas olas, aunque es un signo de aire, por lo que creo que representa mejor la frecuencia de onda del campo electromagnético. Urano es su regente, el dios del cielo en la mitología griega, que sembraba la semilla de los titanes en el vientre de Gaia, excéntrico, innovador y creador, fue eliminado por la hoz de Saturno, uno de sus hijos.

Urano está retrógrado en Tauro desde el 16 de agosto y estará hasta el 15 de enero de 2021. Bastante tiempo para repasar posibles alternativas respecto a nuestras formas de supervivencia, economía y consumo, y los valores e ideologías que hemos asociado a ellas.  Suficiente tiempo para preparar esa cuadratura que formará Urano con Saturno y Júpiter, que una vez terminada su conjunción con Plutón, entrarán juntos en Acuario, Saturno el 18 de diciembre y Júpiter el 20. Desde allí formarán una cuadratura a Urano que estará activa durante el mes de enero, y ya Saturno solo, durante febrero y marzo del 2021. Un viejo orden se ve abocado al cambio, un cambio inevitable que se dispara con la crisis climática y su cascada de crisis asociadas, crisis sanitarias, económicas, energéticas, sociales…

Este cruce propone una búsqueda de alternativas inevitable, inaplazable, que nos pondrá frente a la necesidad de cambiar muchos esquemas sobre nuestra relación con el planeta, con la energía, con la materia, con la naturaleza, la economía y la vida, esa vida buena con que soñaron los conquistadores, sin pensar que nada bueno podía nacer de la depredación. Esa vida buena fuera del cuerpo con la que soñaron los místicos, sin valorar que en aras de la ascensión despreciaban a la madre naturaleza y sometían la vida a un sufrimiento que ha dejado una herida abierta en nuestra relación con el planeta y nuestra propia naturaleza.

Ya llevamos más de un siglo transformando esa versión piscina de la realidad, acercándonos a Acuario, en el mar de sufrimiento y confusión del siglo XX y en el caos catártico del siglo XXI, un caos que como Urano es creativo, pero que nos rompe los esquemas. Todavía no podemos imaginar con claridad una sociedad acuariana, pero los retos de Acuario son los que representa Leo, su signo opuesto. Como en Piscis los retos están siendo los de Virgo, que nos recuerdan que el desprecio de la materia y la naturaleza desprecia también la higiene, los cuidados cotidianos, la salud, el reciclaje de residuos, desprecia el cuerpo con su metabolismo, desprecia los ciclos naturales de la vida biológica y a los seres que la habitan. Las crisis de Virgo son las de la salud, crisis sanitarias extendidas por la mayor movilidad geográfica, la más intensa en la historia humana, muy pisciana. Y por la relación todavía incómoda con la naturaleza y con los demás seres que forman parte de ella, con las células y los elementos químicos y los átomos que las forman, con las bacterias y los virus, ese mundo lleno de vida aunque diminuto, que nos habita y transforma.

Mientras Piscis tiene como reto aterrizar en Virgo, Acuario tendrá como reto madurar su estado adolescente en Leo, por lo que nuestra herramienta individual y colectiva en este tiempo de cruce estará en reconocer esos estados emocionales confusos, caóticos y caprichosos de nuestro ego adolescente y atravesar las cáscaras del huevo, las que nos atan al pasado, para adentrarnos en el bosque, enfrentar nuestras sombras íntimas y renacer a una humanidad adulta para dejar de quejarnos y empezar a crecer y a crear.

La Luna y el Sol en esta Luna Nueva de Leo están con Mercurio, el Hermes Psicopompo, el que puede guiarnos más allá de la frontera hacia el bosque profundo de nuestro interior. Quizás volvamos abrazados a nuestros miedos, nuestros demonios, nuestras inseguridades y decepciones, más humanos, menos quejumbrosos y menos egocéntricos.

Esta Luna Nueva forma además un trígono con Marte en Aries, que está con Lilith, la diosa herida. Ambos hacen su trabajo de limpieza y reciclaje de la ira, la incomodidad frente a la parálisis y las limitaciones, la impotencia, la incomprensión, el miedo, que estalla formando burbujas de confusión, mientras el Mercurio sanador nos recuerda que esas medidas de higiene y cuidados son importantes, también para madurar nuestro ego adolescente. Nos toca dialogar con ese aspecto íntimo, con ese león en el bosque de la psique, enfrentarnos a esa rabia, cruzar la linde y adentrarnos para ver qué representa en nuestra vida esta situación de crisis. Mientras Virgo nos recuerda que somos cuerpo, carne y sangre,  y que necesitamos aterrizar en esa realidad ineludible. Solo la lógica, el sentido común, puede sacarnos de las fantasías piscianas y enfrentarnos al evidente misterio de la existencia sin necesidad de proyectarlo en poderes ocultos o divinos, sin esa arrogancia que nos separa de la naturaleza.

Mientras la era de Piscis es la de la humanidad como una masa desterrada del mundo celeste, la humanidad acuariana es la de individuos conectados por su propia singularidad en grupos de afinidades elegidas. Por eso esta Luna Nueva de Leo nos recuerda reconocer no solo al ego individual, también al ego de la manada, del grupo, al ego colectivo, ese ego que nos envuelve en sus leyes sutiles y a la vez nos amenaza con el desprecio y la exclusión.

La casilla de la Oca del día 19 es la 17, donde el hexagrama 17, el Seguimiento, dice:

Un trueno retumba en medio de un lago y excita sus aguas, pero lo hace de una forma suave, que no asusta. Un trueno así anuncia el otoño, el descanso de la naturaleza. Es un aviso para buscar el descanso necesario que nos ayudará a mantener las fuerzas y la salud en equilibrio. Al trueno en el lago le sigue el ocio y el descanso.

Y sobre la Luna con el Sol en el 27º y Mercurio en el 28º de Leo, el hexagrama 39, el Impedimento, dice:

Es tiempo de bloqueo y limitaciones, no podemos movernos como nos gustaría. Estos impedimentos podrán superase más adelante, pero ahora todavía no, por lo que es mejor no malgastar nuestras energías y retirarnos, de esta forma podremos investigar una forma de superarlos en el futuro. Esta retirada nos ayudará a comprender mejor la situación, formarnos y madurar.

Nuestra siembra semilla puede servir este mes para limpiar los  patrones del ego que nos impiden ver con claridad y aceptar la situación, y de esta forma darnos tiempo para desarrollar proyectos, ideas y habilidades que nos servirán en el futuro, quizás cuando estemos otra vez en la Luna Nueva de Acuario, en febrero del año que viene.

Pero antes, en la Luna Llena del 2 de septiembre, cuando desde Piscis la luna haga su oposición al sol, ya en Virgo, y ambos formen buenos aspectos a Urano, creo que encontraremos algunas soluciones originales para organizar mejor la vida cotidiana, que necesita avanzar a pesar del impedimento. La sinceridad interior nos ayudará a seguir caminando los días, a encontrar solucione sencillas y ahorrar una energía que nos hará falta para atravesar el invierno.

Se aprecia cómo después de la tormenta, llega el silencio y la calma y el océano recupera La Paz. Las gaviotas vigilan que todo se ordene para el día siguiente.

Este texto y la foto de cabecera son de Juanrra Montoya Molina.

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