EL SOLSTICIO Y EL ECLIPSE ANULAR DE SOL

Este año quedará en la memoria colectiva como el año que señala el comienzo de una profunda transformación, pero en realidad ya hace tiempo que había comenzado en el planeta, porque es una transformación en la que participa nuestra especie. Desde que comenzamos a intervenir los paisajes al talar bosques, rotular campos y esquilmar otras especies; a tender caminos, carreteras y líneas ferroviarias; a surcar las aguas y los cielos; a extraer minerales, carbón y petróleo; a fabricar fronteras y pelear por ellas; a crear ideologías a la medida de nuestros miedos y necesidades, a justificarlas con todo tipo de relatos y a condicionar con ellas nuestras relaciones, nuestros derechos y deberes, nuestro grado de libertad y nuestro lugar en el mundo.

No hace mucho que hemos empezado a transformar también nuestra visión del mundo, desde que el conocimiento y la ciencia han empezado a abrir las puertas de la estructura de la materia y del universo, de lo más pequeño a lo más grande; desde que el pasado ha comenzado a revelarse y hemos descubierto que somos solo una de las muchas razas de homínidos que han habitado el planeta antes que la nuestra, y que los genes de algunos de esos grupos anteriores todavía pululan en nuestros genes. Desde que hemos empezado a investigar para conocer el mundo, no solo a conquistarlo; y desde que ese conocimiento abrió los caminos de la educación y comenzó a nacer una nueva comprensión del mundo.

Psique dejó de ser una imagen del alma en la mitología griega y se convirtió en el territorio de la investigación psicológica, que abrió los caminos de la comprensión y la curación de la vida emocional y de los traumas y conflictos íntimos, nacidos muchas veces de la confusión y la angustia frente al misterio. Esa puerta nos llevó a los lugares donde habitan los arquetipos, al territorio de la psique colectiva, que C. G. Jung llamó Inconsciente Colectivo, lugar en el que navegan todas las interpretaciones y todas las memorias convertidas en leyendas y traducidas a una multiplicidad de lenguajes.

Las revoluciones del siglo XX han dado paso en el siglo XXI a una realidad que está más allá de nuestras diferentes interpretaciones y de nuestras luchas de poder, la realidad del planeta en el que habitamos, con su naturaleza y sus ciclos, el seno que nos da la vida y nos acoge en la muerte, nuestra casa en el universo, la Tierra. Nos estamos dando cuenta, tarde, de que tenemos nuestra casa agotada, abarrotada, devastada, cansada de nuestras ansias y de nuestra avaricia. Pero la Tierra es naturaleza, como nosotros somos naturaleza, y los árboles, los ríos, las lluvias, las montañas, los insectos, las aves, los chimpancés, las jirafas, los pangolines y los murciélagos. Las bacterias y los virus, el uranio y el plutonio, el oro y la plata, y los diamantes, y el rayo, y la electricidad y la gravedad. Y en la naturaleza suceden continuas transformaciones. Sin ellas no existirían el calor y el frío, la lluvia y el hielo, el día y la noche, el nacimiento y la muerte. «La energía no se crea ni se destruye, solo se transforma» Dice la primera ley de la Termodinámica.

Y dice Ilya Prigogine:

«Vamos de un mundo de certidumbres a un mundo de probabilidades. Debemos encontrar la vía estrecha entre un determinismo alienante y un universo que estaría regido por el azar y por lo tanto sería inaccesible para nuestra razón.
En un mundo donde ya no impera la certidumbre, restablecemos también la noción de valor. Sin duda en el siglo XXI veremos el desarrollo de una nueva noción de racionalidad donde razón no estará asociada a certidumbre y probabilidad a ignorancia. En este marco, la creatividad de la naturaleza y, sobre todo, la humana (
dice: la del hombre, he traducido) encuentran el lugar que les corresponde»

Las leyes del caos – Ilya Prigogine.

Somos tan arrogantes que no podemos creer que ella, la realidad de la naturaleza con sus continuas transformaciones, es la clave de todo, y que no somos el centro de nada, ¿porqué habría de valer más un humano que una jirafa o un virus? En su lenguaje, claro, en el de la naturaleza.

Nos cuesta aceptar que existen esos seres diminutos y que son capaces de cambiarnos la vida. Por eso proyectamos culpables, porque nos da miedo el misterio, perder el control, abandonar ese centro del mundo en el que nos creemos merecedores de algo. Necesitamos culpables para poder descargar la ira, para justificarnos frente al miedo y la vulnerabilidad que sentimos y que nos saca de nuestro egocéntrico lugar en el mundo.

«La palabra «peste» acababa de ser pronunciada por primera vez. En este punto de la narración, que deja a Bernard Rieux detrás de una ventana, se permitirá al narrador que justifique la incertidumbre y la sorpresa del doctor puesto que, con pequeños matices, su reacción fue la misma que la de la mayor parte de nuestros conciudadanos. Las plagas, en efecto, son una cosa común, pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. Por esto hay que comprender también que se callara, indeciso entre la inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: «Esto no puede durar, es demasiado estúpido.» Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto, el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles. Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas.»

La Peste – Albert Camus – 1947.

No es la primera vez en la historia que nos asola una pandemia, y no es la primera vez que nos despierta esos sentimientos y desata ideas conspiranoicas.

La pandemia del coronavirus es una crisis que nos alerta y dispara todas esas transformaciones pendientes, y nos avisa de la necesidad de tomar consciencia de que no somos el centro del universo; de que todo cambia, que la energía y la vida son una transformación continua y que aferrarnos a viejos valores e ideas nos ciega; que la rigidez frente a los cambios nos rompe; que necesitamos aprender de la naturaleza y aceptar nuestra realidad en ella. Necesitamos enfrentar nuestros fantasmas, esos que pululan en nuestra memoria, y que el conocimiento nos salve, nos haga libres, nos ayude a comprender. Necesitamos aprender a caminar con la ciencia y la investigación. Gracias a ellas se descubrieron vacunas para el sarampión o la viruela. Gracias al conocimiento de la ciencia aprendemos a reconocer el valor de la higiene, que nos protege de las enfermedades, pero también nos hace la vida más agradable. A despojar nuestra mente de supersticiones, a obtener comprensión y claridad, a tener perspectiva y reconocernos parte de ese mundo maravilloso que los átomos y las moléculas crean en sus asociaciones.

Estamos frente a una cascada de crisis, en una encrucijada, en un proceso de transformación, en una bifurcación con su componente caótico, pero lleno de alternativas y descubrimientos. Atravesamos un tiempo difícil, un tiempo de confusión, de carencia, de dolor y pérdida, pero que también contiene un aviso y una oportunidad, la de alcanzar una nueva forma de estar y ser en el mundo como humanos con consciencia. Con la conciencia crítica de especie, de la que habla Eudald Carbonell en su libro: Elogio del Futuro.

Pero que no se nos olvide, esto que nos pasa es un aspecto del profundo cambio que está ocurriendo en el ecosistema de la Tierra, y necesitamos empezar a tomar medidas colectivas para poder actuar, necesitamos aprender cuanto antes el valor de la unidad, no solo como especie, también como miembros del todo planetario.

El eclipse penumbral de Luna, en la luna llena del 5 de Junio, cuando el Sol estaba en el centro de Géminis y la luna en el centro de Sagitario, puso en evidencia la confusión en las palabras y las ideas, la dificultad para pensar con claridad, la falta de diálogo y acuerdo, de entendimiento y comunicación honesta, y la necesidad urgente de unirnos y entendernos. Pero parece que no podremos hacerlo sin sanar y solucionar las viejas rencillas, la ira, la decepción, la repetición, en el disco rallado que a veces parece la historia.

El día 21 de junio llega el Sol a Cáncer, su máxima culminación en el hemisferio Norte antes de comenzar su descenso en el año. El día más largo y la noche más corta. Este año coincide con la Luna Nueva, que se produce con un eclipse anular de Sol, un anillo de fuego. Para los antiguos astrólogos griegos los ejes del año, los solsticios, asociados a Capricornio y Cáncer, eran las entradas y salidas del Sol, que nace en Capricornio y muere en Cáncer, donde vuelve a la madre, al útero, al vientre de la tierra, al más allá y al inframundo, para volver a nacer después de haber madurado, como la semilla en la tierra. Recordemos que este año comenzó con un eclipse anular de Sol en la Luna Nueva de Capricornio, muy cerca del solsticio de invierno, el día 26 de diciembre de 2019. Y ahora tenemos otro eclipse anular de Sol en la Luna Nueva de Cáncer, el mismo día del solsticio de verano, un detalle astronómico significativo.

Todos los eclipses indican una situación oculta, algo que no vemos y que pasado el eclipse podemos ver y quizás solucionar. Los eclipses de Luna nos señalan obstáculos y retos, y nos avisan de hacer algo para superarlos; los de Sol nos ayudan a ver nuevas alternativas y la mejor forma de solucionar asuntos pendientes o cerrar temas del pasado.

El eclipse anular del día 21 Junio, en el grado 1º de Cáncer, nos recuerda que es tiempo de cuidarnos y cuidar. El cangrejo se protege en su caparazón y este es un año para estar más dentro que fuera. Para cuidar nuestra salud, alimentación e higiene en todos los niveles, físico, emocional, mental, social, económico, cultural, ecológico… Para asomarnos a ese mundo íntimo del alma, de la psique.

Es tiempo de reconocer el respeto que nos debemos en la distancia física, en el uso de mascarillas, en el cuidado de la higiene. De dar respeto y valor a nuestros mayores, a nuestros sistemas sanitarios. De reconocer y valorar los descubrimientos científicos que han ayudado a erradicar muchas enfermedades; que nos han permitido mantener la comunicación en el aislamiento. De reconocer y valorar la cultura, el arte, la literatura, la música, el cine, las series, que nos entretienen y nos ayudan a conocernos y comprender. De conocer nuestra historia para no repetir, de bucear en la filosofía, que puede enseñarnos a pensar, a desarrollar valores como la ética, la lógica y el sentido común.

Ahora deberíamos poder permitirnos hacer más lento nuestro paso por el tiempo. El eclipse nos propone reconocernos y valorarnos en nuestra historia personal, valorar las habilidades y capacidades que hemos desarrollado, y actualizar esa mirada con lo vivido y aprendido en estos últimos meses, en este tiempo vulnerable y confinado, y en ese espacio que ha sido nuestro refugio, o quizás un campo de batalla.

El anillo de luz del eclipse nos recuerda que necesitamos ir despacio, no tener prisa y no ser impacientes. No solo porque todavía seguimos en medio de una pandemia, de un virus oportunista que busca sobrevivir y replicarse a toda costa, también porque es sabiduría de vida. Nos recuerda que en la calma anida la amabilidad, una suavidad que hace más agradable el trato hacia nosotros mismos y hacia los demás. Nos recuerda la belleza, la pequeña o gran belleza de las cosas, de las texturas, las luces, los silencios, los espacios, los momentos, las palabras, las imágenes, los colores, las sonrisas…

Nos propone valorar lo que tenemos y reconocer que tener eso que consideramos básico no debe ser exclusivo de privilegiados; la emergencia reclama cuidados y equilibrio para todos. Nos propone aprender a tener confianza y ser responsables.

Todavía no sabemos qué va a pasar, seguimos en la incertidumbre, pero necesitamos movernos e intentamos olvidar que caminamos por una cuerda floja. No tenemos las herramientas ni el conocimiento que necesitamos para salir de ésta, pero es seguro que las vamos a encontrar, solo tenemos que ir despacio y darnos tiempo. Un día todo será un mal sueño, un tiempo extraño, un recuerdo dolorido, pero ese día sabremos más, habremos madurado, tendremos más conocimiento y consciencia, y habremos recuperado, espero, algo tan ancestral e importante como es la capacidad de unirnos y colaborar para sobrevivir.

En este comienzo del verano, con un eclipse anular de sol entre dos eclipses de luna, tenemos un hueco para reflexionar, para ver claros nuestros bloqueos, nuestros obstáculos, para sanar y limpiar la memoria de nuestras heridas emocionales, para deshacer viejos hábitos y apegos, para limpiar el corazón y la mirada. De esta forma podremos aprender a caminar por un presente más calmado, que nos ayude a sentir el latido de lo que nace, una semilla de consciencia que necesita tiempo, cuidado, calma, sensibilidad, intuición, esperanza, paciencia y protección, como todas las semillas.

El martes día 23, con la noche mágica de San Juan, podemos sembrar nuestras propuestas de vida, despedir lo que se termina y reconocer lo que se nos acerca, lo que nos pasa, lo que necesitamos, lo que podemos elegir, lo importante.

La Luna Llena del día 5 de Julio será en Capricornio, con el segundo eclipse penumbral de Luna de este ciclo. Nos señala el obstáculo que está por resolver, una dificultad en la comunicación. Necesitamos aprender a dialogar con nosotros mismos con la honestidad que nos permite aceptar la debilidad. Es el único camino para crear el diálogo interno, que a su vez es el único camino para crear el diálogo con los demás y con la realidad.

El símbolo sabiano de este segundo eclipse de Luna dice: “Un relieve antiguo en granito permanece como testimonio de una cultura olvidada”

Un mandala astrológico – El ciclo de las transformaciones y sus 360 fases simbólicas. De Dane Rudhyar.

Nos propone recuperar lo que tiene verdadero valor, más allá del egoísmo, las luchas de poder y la ambición. Para eso necesitamos de la perspectiva histórica, recordar el largo viaje.

Una respuesta a «EL SOLSTICIO Y EL ECLIPSE ANULAR DE SOL»

  1. Sentir el latido de lo que nace……….esa es la clave para mi, acogedora propuesta la de este mes May, mil gracias te deseo un enriquecedor eclipse, un gran abrazo……por cierto estoy viviendo un amor desde hace mes y una semana y estoy encantada y enamorada ❤

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