ECLIPSES DEL VERANO II

El segundo eclipse – 27 de Julio de 2018.

Eclipse total de Luna durante la fase de Luna Llena  a  4º45′ de Acuario.

Un eclipse de Luna se produce cuando, en la fase de Luna Llena, la Tierra se interpone entre la Luna y el Sol. Es una oportunidad de ver la sombra de nuestro planeta y sentir como nuestros antepasados, cuando no existía la luz eléctrica ni los grandes telescopios  y elaborábamos la experiencia gracias a la imaginación.

La Luna ayuda a que la Tierra se mantenga en su órbita y es clave en muchos procesos físicos y biológicos. Su influencia no solo está en la gravedad, también está asociada a sus fases de luz y oscuridad. Las noches sin Luna serían tenebrosas y calladas durante su fase oscura, pero cuando aparecía su finísima curva de luz, en la primera luna creciente, todo volvía a comenzar y la Luna nacía, crecía, maduraba, decrecía y moría en el cielo otra vez, como en cada ciclo, y con ella las actividades de plantas, animales y humanos; sus alimentos, sus descansos, movimientos y cambios, sus nacimientos y muertes.

Con ella nacieron los símbolos y la psique. La Luna fue piedra, cuenco, cesta, fuente, barca, lobo, serpiente, cierva, árbol, fruto, flor, cadáver, miedo, deseo, recuerdo, juego, futuro, canción, danza, sexo, hijos…  De ella debió nacer la primera espiral que dibujaron nuestros ancestros, seguro que para recordar que habían entendido algo fundamental sobre la vida y la energía: que todo es cíclico. Que vivimos y somos ciclo que se repite y se transforma hasta el infinito de nuestro entendimiento.

En vez de círculos cerrados, dibujábamos espirales y ochos, la mejor definición de los ciclos reales, mapas y aviso a caminantes: nada cerrado crece y se mantiene en el ciclo, sólo lo abierto se recicla y transforma y vuelve a nacer. Resistirse al cambio bloquea y desgasta energía, aceptar el cambio suaviza sus aristas y recupera energía.

Esos dibujos señalaban un conocimiento fundamental para elaborar las actividades, para invocar a la fuente, alimentarnos, inspirar nuestros sueños, construir los primeros relatos y elaborar el lenguaje.

Desde este punto de vista no es difícil imaginar el impacto de un eclipse, sobre todo de un eclipse total, en el que la Luna  se oscurece hasta desaparecer en el cielo, a veces roja de sangre y acompañada, como la del día 27, con Marte tan brillante y tan cerca, tan fiel a su movimiento en el cielo, como un hijo, un amigo, un amante o un aliado.

Pero Marte retrógrado en esta ocasión nos pone en contacto con algo muy importante: desde que su arquetipo básico de acción e iniciativa pasó a formar parte del bagaje cultural de lo masculino en el patriarcado, fue separándose de su unidad esencial y degenerando en formas de violencia y dominio.  De artesano se convirtió en guerrero y se acostumbró a vivir de la lucha, de la muerte y del poder.

Esta Luna eclipsada en sangre, acompañada de un Marte estacionario, escenifica  un conflicto nacido en el sistema guerrero y patriarcal que ha llegado al agotamiento y desperdicia la energía de amor y vida en dolor y miedo, que desacredita nuestro lugar en la naturaleza, que desprecia y agota el planeta, que destila sufrimiento entre mentiras que ya no son otra cosa que una vieja piel.

Si la Luna llena nos daba vitalidad y emoción, cuando ésta llegaba eclipsada la sentíamos bloqueada, atrapada por algún monstruo que intentaba robarnos el tiempo. Esto debió inspirarnos un terror que se disipaba cuando la Luna volvía a emerger de las fauces del dragón, otra vez llena y brillante. ¿A dónde habría ido la luna? ¿Qué habría visto mientras viajaba al vientre de la ballena? ¿Traería algo de su viaje al misterio?  Nos trajo todos los arquetipos asociados a la muerte y la resurrección, al viaje a los infiernos del tártaro de Perséfone, de Eurídice, de Psique, de Dionisos, de Hermes. Símbolos de las encrucijadas y crisis de la vida, puntos de cruce, portales en los que morimos a un aspecto, a una forma, a una vida y nacemos a otra.

Los eclipses son símbolos de esa verdad, de la vida con sus transformaciones, del niño al adolescente y de éste al adulto, y después a la madurez, el envejecimiento y la muerte. En cada cruce un resultado, una huella en el mundo, grande o pequeña, una esfera de memoria, una espora de sueños y una piel vieja que se pudre en algún rincón y que puede quedarse adherida a la siguiente etapa. Por eso los eclipses evidencian la necesidad de conciencia y reciclaje de hábitos, de ideas y de recuerdos, para cruzar ligeros de equipaje, sin el peso de los viejos reproches, culpas, carencias y miedos.

Podemos aprovechar el eclipse para ponernos en sintonía con la Luna y viajar de la oscuridad a la claridad, del bloqueo a la liberación, de la parálisis al movimiento, de la costumbre a la innovación, de la debilidad a la fuerza, del dominio a la cooperación. Para rebuscar en los rincones y sacar las viejas ropas, ideas, creencias y costumbres, y ver si están o no en el nuevo ciclo, y cambiar.

En este eclipse podemos jubilarnos de una repetición y jubilarse viene de júbilo. Más adelante, en el siguiente eclipse, que será un eclipse parcial de Sol en Leo, el 11 de agosto, la creación de algo nuevo estará en marcha y nos tocará cuidar su crecimiento para que ninguna ropa vieja pueda bloquearlo.

 

Collage realizado con las fotos de Marita y Laura. 27 de julio de 2018. Gracias.

 

 

 

 

 

 

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